viernes, 25 de diciembre de 2009

La mirada






Hoy quiero agradecer cuanto tengo, e incluso el haber tenido cuanto perdí.



Hoy pido sólo un deseo: conservar esta misma mirada. Que nada la distraiga ni la confunda, para que mi paisaje esencial siga pareciéndome siempre un valle tranquilo de fértiles tierras. Que sea capaz de abarcar hasta la línea del horizonte sin detenerse en la flor marchita, en la rama tronchada o el charco sucio, y así apreciar la armonía del conjunto, no menoscabada por las pequeñas imperfecciones. Y pido también justo lo contrario: que cuando el conjunto parezca plomizo y carente de vida, las minúsculas imágenes perfectas en que se pose de vez en vez, sirvan para iluminar la escena y mantengan mi interés por seguir mirando.



Pido el don de saber mirar, para poder ver.


miércoles, 16 de diciembre de 2009

Halagos




Acabo de leer la entrada 'D. Quijote busca halagos', en el blog de Luis Valdesueiro, y no he podido evitar la reflexión: ¿cuántas de nuestras acciones, de nuestras palabras, incluso de nuestra omisiones y de nuestros silencios, tienen en realidad como objeto o como motor arrancar de labios ajenos unas palabras, no sólo amables, sino halagüeñas?, ¿buscamos todos el mismo tipo de halagos?, ¿los buscamos por las mismas motivaciones?


Pocos pueden presumir de ser sordos a los halagos. Nuestro yo suele ser un voraz devorador de estas 'sustancias'. Las preferencias deben depender de la edad, de la personalidad, de las carencias,... Sin embargo, como ya he comentado allí, dicho alimento suele (al menos puede) conducir al error de hacernos confundir ser halagados con ser queridos.


La vida (no hay libro más intenso ni más firme maestro) suele acabar por aclararnos que, al final, lo más halagador nunca fueron las palabras amables que nos dedicaron generosos labios, sino el calor de los brazos que nos estrecharon, la fortaleza del hombro que nos sustuvo y sobre el que lloramos, el oído y la mirada atentos de quienes nos escucharon incluso aunque no tuvieron nada halagador que decirnos (o quizá por ello).


Nada halaga tanto como que, entre tantas y tan variadas opciones, unas cuantas personas le escojan a uno (a una) para compartir su tiempo, su conversación o su risa. Resultar ser una buena compañía es lo más halagador que nos puede ocurrir (supongo).

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Charcas y estanques



¿Por qué me ocurrirá que las vidas de la gente que me rodea me las imagino más sencillas, menos intrincadas que la mía propia? Casi siempre que me encuentro en uno de esos 'vericuetos' que acechan a la vuelta de cualquier esquina y te complican la existencia momentánea (sin necesidad de que sean tragedias y dramas de antología), no puedo evitar mirar a mi alrededor y pensar que los demás tienen menos complicaciones y viven más tranquilos.


La vida propia, vista con la cercanía de lupa de un entomólogo (que es como la vemos y conocemos sin más remedio), es como esas imágenes obtenidas por microscopios de altísima potencia, en las que la más aterciopelada piel de un bebé muestra un aspecto obsceno, plagada de ácaros y partículas indescriptibles que borran de un plumazo la posible identidad entre lo que, como concepto, guardamos en mente y reconocemos como 'piel de bebé' y lo que se ofrece a nuestros ojos merced al artilugio en cuestión.


Mis ojos (miopes, astigmáticos e incluso presbíc... -que tienen presbicia, y no conozco el adjetivo-) contemplan las vidas ajenas cual envidiables estanques en cuyas aguas mis conocidos se dejan mecer, ajenos a las minúsculas miserias y mezquindades que, sin prisa pero sin pausa, transitan por la mía, más charca 'vulgaris' que otra cosa. Y aunque en mi charca cantan las ranas, y colorea algún nenúfar, y también viven peces, el agua en ocasiones parece turbia y flotan residuos alguna vez.


Sus estanques, en cambio, se me antojan limpios y transparentes, como si en sus profundidades no se hubiera ocultado jamás el viejo monstruo del lago Ness, con su capacidad para remover cienos que enturbien no sólo la vista, sino a veces la propia seguridad y el propio equilibrio.


Y total, todo esto, porque se acerca la Navidad ...


domingo, 6 de diciembre de 2009

¿Iguales?

a


Qué bonita frase: todos somos iguales ante la ley, con los mismos derechos y los mismos deberes. Yo también la repito, y con convicción se la ofrezco a mis pequeños alumnos como precioso logro de estos tiempos modernos, como símbolo del advenimiento de la razón y de las más altas cotas de civilidad alcanzadas por unas sociedades que abandonaron la fuerza bruta o el poder del dinero por el camino, y que guiados por la luz de la justicia y de la equidad, alumbraron (en sus dos sentidos) un pacto entre iguales capaz de enaltecerlos a todos.


Y sin embargo, qué lejos de la realidad. Cuánta literatura, articulada y bien orquestada, pero papel mojado para tantos y tantos. Por algo hay que empezar, claro. Reconocer los derechos de todos los hombres, sin distinciones, ya es algo sí señor. Pero para muchísimos ciudadanos, que la Carta Magna tenga por asentado su derecho al trabajo y a una vivienda digna, que recoja su derecho a la suficiencia económica durante la tercera edad, que manifieste su derecho al acceso a la cultura y a la educación, que instituya su derecho a la proteccion de su salud, que garantice su derecho al honor, la intimidad o la propia imagen, que establezca la igualdad del hombre y la mujer en la sociedad en general y en el seno del matrimonio en particular ... todo ello, decía, con serles imprescindible, no les resulta suficiente. No deja de ser, para muchos, como un título nobiliario heredado y guardado en un cajón, pero del que no se ha derivado beneficio alguno, que no sea poco menos que honorífico.


En la vida real y cotidiana, hay tantas categorías de ciudadanos y con tan distinto acceso a todos esos derechos (e incluso a todos aquellos deberes), que cuesta creer que existan tantos, por escrito y con el mayor de los rangos. Esta vida es una especie de tómbola en la que no todos llevamos las mismas probabilidades de alcanzar un premio. Del mismo modo que es un golpe de suerte nacer en el primer mundo en lugar de en el tercero, habrá que reconocer que no todas las cunitas españolas auguran un destino respetuoso con los derechos de sus flamantes criaturas, por más que todas ellas lleguen amparadas por una misma Constitución.


Quién pudiera llegar a afirmar, sin asomo de duda, que la igualdad es un hecho y no sólo un derecho. O, siquiera, acercarse a ello.



viernes, 4 de diciembre de 2009

Cócteles





Somos un cóctel (algunos, sin duda, muy explosivo) del licor de la herencia y los licores del ambiente. En la receta, cuál es la proporción de cada ingrediente no viene claramente determinado. Yo, que como barman (¿mejor sería barwomen?) no sé si tendría precio, ando pensando que, si tuviera en la coctelera la dosis de 'talento' genético asignada y pretendiese obtener el mejor trago, el más exquisito y equilibrado, sin poder añadir líquido más que de una botella, no sabría si cargar más la copa con el frasco de la formación o hacerlo con el de la posición socioeconómica.



Quizá alguien me saque de dudas y sepa aportar razones que me aclaren si la suma de herencia más excelente formación da mejor resultado que la de herencia más excelente posición . O, dicho de otro modo, ¿cultivan y enriquecen más un intelecto medio las posibilidades que ofrece una saneada economía, con su cohorte impagable de relaciones, viajes y vivencias, o quizá el estudio y la formación académicas, aun llevadas a cabo en medio de estrecheces y necesidades, tienen la virtud de despertar la sensibilidad, de aguzar la capacidad crítica, de ejercer de constante interpelador a la razón, espoleando el pensamiento?


No vale decir que la mezcla de la más adecuada dosis de cada una de las tres cosas (genes, formación y posición) es el camino para obtener el buen cóctel, porque eso no me lo permiten. Los genes ya los tenemos, ahora hay que escoger: ¿formación o posición? ¿qué debería poner?

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Elegía



Tengo que hacerlo, porque te lo prometí. Hoy lo cumplo, aunque ya no tenga valor.


La ocasión era festiva para nosotros y te dije: 'te escribiré unas palabras cuando tú te vayas'. Aunque ahora queda estúpidamente pretencioso decirlo, tal como terminé de pronunciar la frase, algo crujió en mi cerebro (como chirrían los errores ortográficos) como afeándome haber usado ese verbo. Me quedé un momento pensativa, reconociendo que debería haber usado otro más apropiado a lo que ambos nos referíamos, más exacto pero más relativo. No usé entonces el verbo 'ir' en el sentido absoluto e irrevocable que, escasos 15 días más tarde, adquiriría. Y no, no es ese el único detalle extraño que he hallado en mi memoria cuando repaso esos días, cuando rebobino en un intento inútil pero irreprimible de atrapar un tiempo ya para siempre pretérito, pretérito perfecto, pluscuamperfecto, pretérito absoluto. Pero para qué reinterpretarlo ya. No hubo tiempo para el adiós y eso nada podrá cambiarlo, aunque los hechos acaecidos, a toro pasado, puedan ser interpretados como una premonitoria despedida. Te fuiste, como Ramón Sijé, arrebatado,



Un manotazo duro,
un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.



Y nada ha vuelto a ser lo mismo. Aunque todo tenga la osadía de intentarlo, aunque la vida recupere sus dominios, como recupera un torrente su terreno cuando llega la crecida, no podrá ya ser lo mismo. Y todo es peor, porque te has ido, pero todo es mejor, porque has estado. Y yo no encuentro palabras para explicarlo, ni tampoco razones para hacerlo, ni hay ya receptor para recogerlo. Ya no hace falta contar cómo eras ni cómo te encontraba yo. Ya no es preciso decir cómo duele esta ausencia y cuán extraño resulta que todo pueda continuar y dejar patente, con saña, que nadie es imprescindible.



Yo cuido la planta que sembraste tres dias antes, y la abono y la contemplo, reliquia viva y verdosa. Cada mañana, de frente sobre mi ordenador, tu sonrisa limpia, ancha y contagiosa me dirige una palabra, y el efecto que provoca, irremediable, es arrancar de mis labios otra con que corresponderte, como un susurro en voz queda. Y esa sonrisa no se me borra en un buen rato, y se dibuja y se vuelve a dibujar cada vez que pienso en ti, invariable, impenitente.




Que yo no quiero escribirte; lo que quisiera es hablarte o creer que tú lo escuchas. Lo que quisiera es haber podido abrazarte. Lo que quisiera es creer que estos versos cuentan algo posible



volverás a mi huerto y a mi higuera
por los altos andamios de las flores,
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irán, a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas...
del almendro de nácar te requiero;
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.



Que yo quisiera creerte dormido y cantarte bajito esta nana ... porque sé que te gustaba Miguel Hernández.






lunes, 23 de noviembre de 2009

Peluquería ¿sí, no?... Pues no.





Las clasificaciones y catalogaciones son algo muy personal y pueden fundamentarse en los motivos más insospechados. Hace muchos años (muchísimos) que divido a las mujeres en dos grupos: las que salen contentas de la peluquería y las que no. ¿Adivinen a cuál pertenezco?.


Pues sí, han dado en el blanco. No recuerdo una sola ocasión en que haya quedado satisfecha y luciendo una sonrisa confiada al abandonar uno de estos lugares encargados de la mejora de nuestro aspecto. Envidio, siempre he envidiado, al otro grupo de mujeres: aquéllas que, ante una ocasión especial, no tienen más que dirigirse a su peluquero para estar seguras de lucir el mejor de los aspectos en el momento adecuado. No me digan que no es como tener una varita mágica.


Pues no señor. Yo espero mi turno, padezco cuantos calvarios sean de rigor para alcanzar el tan ansiado objetivo (extender la pasta de los reflejos, esperar su efecto, lavar -¿es lavar esa fricción enconada?-, matizar, volver a aclarar, mascarilla, nuevo aclarado, desenredado, corte, secado...), pago religiosamente y sin gesto de dolor (tengo adiestrado el rostro para que no se cosque a la hora de pagar -si no, estaría en perpetua mueca dolorosa-) y, resignada, asiento cuando el/la profesional en cuestión me espeta: -¿Te ha quedado bien, eh?.


-¡¡¡PUES NO, NO y MIL VECES NO!!!, -me entran ganas de gritarles-. Yo me veo siempre rara, y no encuentro que las puntas de mi melena tengan el aire que veo en otras melenas, ni mi flequillo luce tan natural, ni me parece que haya rejuvenecido, ni nada de nada... No puedo contar con los peluqueros para nada, porque no consiguen conmigo metamorfosis de ninguna clase (si no es a peor). Voy porque me tengo que cortar el pelo y tengo que darle color. Voy por obligación, por necesidad, por eso voy. Que se enteren ya.


Pues nada, que hoy he ido (vamos, era ya imposible dejarlo más) y ... lo de siempre: llegar a casa, cepillar por aquí, cepillar por allá, deshacer esto y si hace falta ... por la mañana volver a lavar, a ver si podemos borrar la huella del profesional.


En fin, cruces hay peores (supongo).


PS: que no, ya lo he probado, me pasa en todas (por si se les ocurre la sugerencia) ... ¡ah! y sí, conozco a otras dos que les pasa lo mismo (somos esas tres que en las bodas destacamos ... por lo naturales).


sábado, 21 de noviembre de 2009

Sonetos, a vida o muerte





Ayer asistí al funeral de un familiar. La edad avanzada y las circunstancias breves que dieron paso a ese último acto con que se cierran todas las vidas quitaron dramatismo y tragedia a la situación.


De regreso a casa pensaba que, si siempre tuviéramos presente lo que nos espera al final del camino, casi todo lo que nos preocupa perdería parte de su importancia; pensaba incluso que quizá también dejaríamos de interesarnos por algunas luchas en las que tantas fuerzas invertimos, como si el camino fuera a ser eterno (y tanto da que sean luchas 'contra' como que sean luchas 'para').


Por otro lado, también pensaba que, si como individuos no perdiésemos de vista nuestra cualidad de seres finitos, si bien es cierto que recolocaríamos nuestra escala de valores y posiblemente nos ahorraríamos más de un sufrimiento, también ocurriría que como especie no hubiéramos acometido empresas cuya culminación ha requerido la inversión de los esfuerzos de varias generaciones (las catedrales, las calzadas romanas ...) o que incluso no llegarán nunca a culminar (la erradicación del hambre, la igualdad entre los seres humanos, la justicia...).


En fin, que pensando pensando acabé por no saber si de verdad tiene sentido la vida; si no es como una especie de broma que nos tomamos excesivamente en serio.


Como seguramente no desentrañaré el enigma por más vueltas que le dé, lo que sí me quedó claro es que en la vida, ya que hay que estar y dura poco, merece la pena cultivar dos cualidades: la de comérsela a bocados y al tiempo, la de saber saborearlos. Difícil equilibrio.


Me he permitido intentar que salga un soneto de estas mis cavilaciones. Pido disculpas por el atrevimiento (vista su calidad, son sólo ripios, pero creo que al menos la métrica es correcta).




Si es el nacer inicio de la muerte,
si con vivir sólo vamos gastando
los días que al fin nos tocaron en suerte:
pecado es no vivir devorando.

Baila tu tango y marca el paso fuerte,
piensa que el mundo entero está esperando:
alba y rocío quieren sorprenderte,
noche y poesía van enamorando.

Cada palabra encierra mil sentidos.
El verso está en la luz con que las unes,
estén desnudas o con sus vestidos

Cada semana encierra sólo un lunes;
cual sábados podrían ser vividos,

que el sueño y la ilusión son siempre impunes.


martes, 17 de noviembre de 2009

Las baldosas del Paseo de Gracia

No sé por qué me ha venido esa imagen a la cabeza ni por qué es una de las más antiguas que recuerdo, ¡y tan nítida!. Entre la primera vez que las ví (y quedaron en mi memoria sin que fuera consciente de ello) hasta que más tarde asocié la imagen al lugar exacto del que provenía, pasaron unos años.



Debía contar tres o cuatro cuando acudí al Paseo de Gracia de Barcelona, con mi madre, seguramente para realizar algún recado administrativo o alguna compra especial. Nosotros vivíamos en una barriada humilde y en aquel entonces sólo pisábamos el centro en ocasiones especiales. Jamás he sabido qué nos llevó concretamente allí; sólo guardé la fotografía perfecta de una mañana luminosa en que caminaba de la mano de mi madre por un lugar inmenso y lleno de gente. Árboles gigantescos jalonaban nuestro camino y mis ojos, más cerca del suelo que de sus ramas, danzaban mirando, como en un juego, ahora la baldosa, ahora el zapato de tacón y charol negro con que mi madre las pisaba veloz (recuerdo también perfectamente los zapatos ¡cómo me gustaba probármelos!). No eran las baldosas de las aceras de mi barrio, ni las de la plaza de la iglesia, ni las del parque ... eran enormes baldosas hexagonales, con unos relieves que formaban espirales al juntarse unas con otras y unos extraños dibujos vegetales ... tan hermosas, tan distintas ...












Algunos años más tarde, volviendo al mismo paseo, reconocí al instante el lugar exacto de donde mi mente había robado la estampa, una imagen que debió de estar en un cajón de mi memoria infantil, bajo capas de asuntos más 'serios y urgentes', pero provista de una funda protectora y eficaz que la mantuvo impoluta, nítida como el día que la robé, para ser rescatada en un inesperado momento y, ya con nombre y lugar, poder ser colocada en el álbum de nuestros instantes eternos.




Después discurrí sobre ellas centeranes de veces, tan absorta en otros asuntos como el grueso del gentío que a diario transita el paseo, incoscientes (y quizá ignorantes) de que pisan un diseño de Gaudí. Muchas veces los ojos infantiles ven, sin saber, lo que de adultos se conoce y no se ve.
PS: Las originales y enormes baldosas que yo recuerdo, fueron cambiadas por otras con similar diseño, pero más reducido tamaño. En la imagen puede apreciarse la diferencia.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Francisco de Quevedo y El Buscón.




Acabo de levantarme. He desayunado mientras, por la ventana, iban desfilando esa especie de nebulosas que avanzan increíblemente rápido al tiempo que van dejando una capa de menuda lluvia sobre tejados, árboles y asfalto. Cuando esto ocurre, y la niebla se disipa, parece que una madre amorosa ha pasado la esponja sobre la cara del paisaje y le ha peinado con raya, así de limpio y esmerado luce.



Y como no hay dos sin tres, después de levantarme y desayunar, he conectado esta máquina que se ha convertido un poco en vicio, ventana por la que asomarnos a otros paisajes. Últimamente visito a menudo el blog 'Las esquinas del día', de Luis Valdesueiro. Acabo de leer su última entrada: 'Quevedo: migajas sentenciosas (1)' y no he podido evitar que regresara a mi mente, tirando del hilo, una escena ya lejana.



No sé si corría el año 1972 o el 1973, ni me apetece empezar a echar cuentas (aunque bien fácil sería). Yo estudiaba 5º curso de EGB, en un colegio de Barcelona. Teníamos un libro de lecturas, para el área de Lengua, que una o dos veces por semana utilizábamos para practicar la lectura comprensiva y expresiva, y sobre cuyos relatos, poesías, fragmentos de novelas o de obras de teatro... realizábamos a continuación un pequeño diálogo y unos ejercicios.



En ese libro vi por vez primera el nombre de Francisco de Quevedo. La lectura era un fragmento de El Buscón. En él, describía las penurias alimentarias sufridas en los tiempos en que estuvo a pupilaje como criado de D. Diego Coronel en casa de un tal licenciado Cabra que tenía por oficio criar hijos de caballeros. He buscado el fragmento aproximado de que debía tratarse (mis disculpas por tan largo anexo, lo he puesto sólo para quienes quieran volverlo a disfrutar; sáltese en otro caso):





Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla hética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.
A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá; comían los amos primero y servíamos los criados.Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:

-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.

Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:

-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.

-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:

-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.

Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:

-Conforta realmente, y son cordiales.

Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:

-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.





Recuerdo claramente la sorpresa que el 'extraño' lenguaje me produjo tanto como la sensación de comicidad. Leíamos y una sonrisa inevitable se iba dibujando en las caras de la mayoría de nosotros según íbamos captando la hipérbole de sus descripciones, las hilarantes comparaciones, la peculiar forma de mostrar la más absoluta miseria desde una óptica de humor y de ironía.



En ese libro leí también por vez primera poesías de Antonio y Manuel Machado, de Gabriel y Galán, fragmentos de El Lazarillo, de Platero y yo ... y quedaron en mi memoria asociados a momentos de disfrute y de descubrimiento de un placer distinto: el de leer algo que no fuera estrictamente un libro de texto. Creo que, hasta esa fecha, en mi casa sólo me habían comprado un par de libros (Mujercitas y Guillermo Tell), pero en una edición tan ascética de imágenes y color que nunca me resultaron lo suficientemente atractivos. La maestra de ese curso creó una pequeña biblioteca de aula y, una tarde a la semana, podíamos dedicarla a la lectura de los libros que la componían o a la práctica del ajedrez. Allí me 'enganché' a la saga de 'Los cinco', de Enyd Blyton. Sin embargo, fue el libro de lecturas el que realmente me descubrió el nombre de autores que, más tarde, conocería como algunos de los más importantes de la literatura española.



Jamás olvidé el nombre de Quevedo ni el de El Buscón. Algunos años más tarde tuve ocasión de leer, completa, esta obra y otras que entonces eran obligatorias en el desaparecido BUP: La Celestina, El Lazarillo de Tormes, Niebla, algún Episodio Nacional, poesía de Machado, teatro de Calderón ...



Me pregunto si los maestros de entonces tendrían un don especial para hacer que disfrutásemos leyendo. Me pregunto también si algo ha cambiado en los niños para hacerlos ahora incapaces de abordar, a los diez u once años, alguna literatura que no sea absolutamente infantil o juvenil. Quizá lo verdaderamente importante sea sólo leer ... ¡pero es tanto lo que se deja de descubrir si no miramos hacia atrás en literatura!



En fin ... desde aquí mi agradecimiento a Luis Valdesueiro por traer a mi memoria recuerdos tan gratos y entrañables. Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo el título de ese libro ... ¡qué cosas tiene la memoria!

lunes, 9 de noviembre de 2009

La Lengua, esa gran desconocida.






Nuestra forma de expresarnos, verbalmente o por escrito, es la segunda tarjeta de presentación que ofrecemos en cuanto nos damos a conocer. La primera, obviamente, es nuestro aspecto externo.




Nadie tiene dudas sobre la influencia que éste último tiene en el juicio que nuestros interlocutores se hacen de nosotros en cuanto nos ven. Es por ello que cada vez estamos más preocupados por ofrecer un aspecto saludable y cuidado, y atendemos todos los detalles que pueden contribuir a mejorarlo, desde la figura física y la vestimenta, hasta la manicura, la peluquería y la estética dental.




La forma en que nos expresamos es, en cambio, más reveladora de nosotros mismos, puesto que está emparentada con nuestro grado de formación y nuestra sensibilidad, sin que pueda ser tan fácilmente manipulada a voluntad en aras a una mejor apariencia. Es decir, no es tan factible discurrir en sentido ascendente por la escala de la 'buena expresión' como por la de la 'buena apariencia', pues la primera exige necesariamente cierta dedicación y trabajo, difícilmente sustituíbles a golpe de talonario.




Expresarse bien requiere dominar un idioma y, al mismo tiempo, contribuye a organizar la mente y el razonamiento, sin que sepa decir a ciencia cierta quién alimenta a quién. Cuanto más vocabulario se tiene, más matices se pueden expresar (y descubrir). Cuanto más profundo es el conocimiento de la puntuación, más exactitud es posible alcanzar en la expresión, y más identidad se logra entre lo que se piensa y aquello que se expresa. La lengua tiene algo de matemático, de científico. Existen normas que funcionan con la exactitud de un algoritmo y cuyo incumplimiento lleva, indefectiblemente, al error. Y error, en este caso, es toda situación en que lo expresado no concuerde con lo pensado, o lo entendido no concuerde con lo leído.




Soy maestra y sé que la formación es cada vez más multidisciplinar. Sé también que resulta muy impopular establecer categorías en las que catalogar las diferentes áreas (o asignaturas) en función de su supuesta importancia y su peso específico en la educación de las personas. Sin embargo, me resulta imposible sustraerme a la certidumbre de que el lenguaje es la herramienta básica, imprescindible, fundamental para poder crecer. Ahora que está tan de moda, podríamos decir que tiene un tremendo poder interactivo con la mente del individuo: la moldea, la 'complica', contribuye a imponer estrategias lógicas, a instaurar orden en el razonamiento ... y, por otro lado, la dota de recursos de expresión emocional, dando nombre a las sensaciones, facilitando el conocimiento propio, dotando de herramientas para la creatividad, poniéndose al servicio del individuo y permitiéndole extraer de sí mismo arte o poesía. Además, el desarrollo de esta capacidad se suele ampliar en progresión geométrica, y su influencia en cualquiera de las otras facetas de la formación es siempre incuestionable, alcanzándolas siempre porque se extiende como las ondas en el agua al arrojar una piedra. El dominio que del lenguaje adquiere un individuo condiciona su formación, tanto humana como académica, del mismo modo que la condiciona su extracción social, su capacidad intelectual o su situación emocional.




Siendo así las cosas, no me queda otra conclusión que la de creer que el área del lenguaje debiera ser, al menos en etapas iniciales de la formación, aquélla a la que se dedicara el mayor número de recursos (horarios, materiales, humanos y económicos). Hablar a los niños, desde el principio, con la máxima riqueza léxica que sean capaces de asumir, acompañarlos en el descubrimiento de un 'utensilio' tanto más eficaz cuanto más variado y exacto sea, insistir en que, en este caso, el mejor jugador es aquel que no deja nada a la interpretación, es parte de una tarea que, por otro lado, aparece como inabordable. Soy maestra, pero me resulta difícil proponerme siquiera este objetivo. Cuando atiendo a chicos y chicas de tercer ciclo de E. P., tengo que interrumpir la explicación cada seis palabras para explicar el significado de una de ellas, tengo que ayudarles a interpretar los enunciados, tengo que descubrirles que, cada vez que escriben, la mayor parte del contenido que creen estar expresando lo están dando por sentado, y demostrarles que, careciendo de la información previa que ellos están presuponiendo, es imposible entender casi nada de lo que escriben.




Es terrible el nivel ortográfico que tiene la sociedad en general, pero estimo menos grave el error cometido al segmentar palabras a final de línea o la omisión de las tildes que la imposibilidad de entender o hacerse entender. Quien no alcanza unos mínimos en el manejo del lenguaje no deja de estar aquejado de una minusvalía, y quizá de un tipo que le impedirá alcanzar más objetivos que las minusvalías a las que realmente tememos.




Esta entrada me la ha sugerido la lectura del blog "A pie de aula", en su artículo 'Faltas y delitos ortográficos'. La imagen que la ilustra pretende ser una metáfora: si no entiendes ni te haces entender, entonces no ves, no oyes, no hablas ...

domingo, 8 de noviembre de 2009

'El secreto de sus ojos'




Esta semana he visto en el cine 'El secreto de sus ojos'. Se trata de una de esas películas que te conmueven, que consiguen que vivas la historia desde el otro lado de la pantalla, que te transportan desde el principio a ese tiempo y ese espacio, a esas vidas, a esas gentes...



Hermosa y compleja historia donde el amor, la violencia, la tragedia, la venganza, la amistad, el humor, la inteligencia, la belleza, el temor, la virtud, el coraje ... se mezclan en las dosis exactas para que, sin saturar, sin abusar de ningún ingrediente, la vida misma, creíble y real, aparezca ante nuestros ojos, esta vez sin secreto de ninguna clase.



La recomiendo absolutamente. El trabajo de los actores es excelente; los diálogos, vivos o lentos, trágicos o cómicos, llenos de sustancia; la estética es bella, con unos primeros planos elocuentes de miradas y gestos, y el acento argentino encantador. Es de interés fijarse en las frases que utiliza Sandoval cada vez que descuelga el teléfono en el despacho del juzgado. Creo que el suyo es uno de los mejores papeles.



Espero que todo el mundo la disfrute como yo.
PS: Por si fuera necesario, después de leer la penúltima y antepenúltima entradas, aclarar algo, diré que he decidido seguir en el 'barco', quizá a la deriva o sin rumbo fijo, pero continuando la travesía. La capitana debe ser la última que lo abandone, y para eso, no dejará de haber siempre tiempo. Sea, pues. Las velas están izadas. Nos dejaremos mecer.

martes, 3 de noviembre de 2009

¿A dónde va este barco?




Aquí estoy. Dudosa y desanimada.




Hace días que no escribo; en este terreno no hago otra cosa que leer y leer, visitar blogs ... y disfrutarlos. Ya había comentado que éste es un mundo nuevo para mí y cuanto más voy adentrándome en él, más dudas me asaltan sobre si seguir o no, sobre el tipo de contenido que, de seguir, iría insertando. Leo y visito, visito y leo... y cuanto he escrito acaba por parecerme de tal simpleza, tan falto de interés y de vida, tan insulso al fin, que termino por sentir cierta vergüenza. Hay tanto que leer y tan variado, cargado de sustancia en el fondo y perfectamente construído en la forma, bien elaborado, razonado, documentado... que, sinceramente, me apetece más dedicar mi poco tiempo a leerlo, a comentarlo, a añadir una pequeña apostilla, que perderlo estrujándome los sesos para parir un relato corto, una entrada mínimamente digna, que finalmente resulten un remedo empeorado de cualquier cosa a la que se puedan parecer.




No estoy segura de querer seguir. No estoy segura de lo que quiero contar. No sé si quiero hablar de cosas reales que ocurren en mi vida, porque en principio pretendía dar las menores pistas de mi identidad, y claro, así es difícil poder contar situaciones reales. Tampoco sé si quiero contar lo que siento, lo que opino, lo que pienso, porque de entrada no me arrastra la necesidad o la falta de interlocutores con quien hacerlo cara a cara. Pienso y, tampoco sé si lo que me empuja a escribir es el afán de 'escupir' lo que llevo dentro, sin más objetivo que el mero ejercicio saludable de forzarme a pensar y a escribir medianamente, o bien el deseo de ser escuchada, de saberme leída por algunos anónimos ojos, o quizá el de hallar un sendero de recíproca comunicación con desconocidos pero afines, capaces de despertar sintonía. Ya digo, no sé qué pretendo.




Y aquí sigo estando. Dudosa y desanimada.




Veremos qué pasa. No hay más camino que darle tiempo al tiempo. Él acabará por sacarnos de dudas, como casi siempre.


domingo, 18 de octubre de 2009

Relato 3: Arturo (o del altruismo)

Ya se veía venir. No hacía falta ser en exceso sagaz para predecir desde la escuela la clase de persona en que acabaría convirtiéndose Arturo. Su evolución, desde que amaneció a la vida social hasta su plena madurez, seguiría una trayectoria que, analizada hacia atrás, etapa a etapa, revelaría una lógica intrínseca, una coherencia que, por otro lado, quizá fuera inevitable. En general, el árbol en que nos convertimos no es más que el producto de la calidad de la semilla que alguien plantó y de la influencia que la tierra, el sol, la lluvia, la exposición a los vientos, la vegetación circundante y otros factores ejercen a lo largo del tiempo sobre ella. Sin embargo, hay semillas que contienen información genética de especies con una gran capacidad de aclimatación al medio, maleables, flexibles en sus exigencias,... diríase que inteligentes emocionalmente, y que nos sorprenden prosperando en lugares insospechados, aprovechando la mínima bonanza y devolviendo a quien las cuida el ciento por uno. Hay otras, por el contrario, exigentes e inflexibles que requieren del jardinero cuidados y esfuerzos sin fin, que parecen regodearse en ello y cuya longevidad, lejos de suponer recompensa, genera siempre el miendo de que pudiera truncarse por el más ligero error, manteniendo al cuidador en un constante sinvivir.




Si Arturo hubiese sido una planta, a esta última clase hubiera pertenecido sin duda. Estricto, desprovisto de elasticidad, hombre ahíto de certezas y despojado de dudas, presto a juicios y remiso a conceder cualquier absolucióna, desde siempre despertó en sus relaciones más admiración que atractivo, menos cariño que necesidad. Él no era consciente en exceso y, lejos de juzgarse mal, se sentía distinto: distinto y superior.



En la escuela, contemplaba desde la banda, tomando su bocadillo, cómo sus compañeros conseguían con sus piernas y un balón, malabares que él tomaba por milagros, tal juzgaba su dificultad. En esas edades, es sabido que de no contar con méritos deportivos, sólo la audacia, la gallardía, la gracia innata, la fuerza o la gran estatura procuran ante los pares un mínimo de respeto, de admiración o de popularidad. Arturo, gordito y más bien patoso, carecía de méritos deportivos, como carecía también de esas otras prendas del carácter y del físico que adornan a los líderes infantiles. Prudente, bajo, de rasgos más bien corrientes, callado, serio, refractario al humor, sensato, cauto y hostil a la fuerza bruta, sólo le quedó una baza para lograr tal respeto: la inteligencia, la memoria y la voluntad para el estudio; la facilidad para el razonamiento lógico y para la expresión escrita; la rapidez mental y la astucia verbal. Sabedor de sus carencias, pronto empezó a cultivar las que serían desde entonces sus mejores cualidades; quizá las únicas.





Desde la más tierna edad comprendió que esas virtudes, convenientemente gestionadas, podrían no sólo emular los logros que procuran aquéllas de las que carecía, sino incluso superarlos. En clase, asimilaba al detalle las explicaciones de los profesores, memorizaba sin el menor esfuerzo la materia de los exámenes, redactaba con corrección y era capaz de realizar exposiciones claras, ordenadas, lógicas y coherentes tanto para ofrecer opiniones, como para relatar acontecimientos reales o argumentar a favor o en contra de cualquier tesis. Sus compañeros, primero en la escuela y después en el instituto, le rendían el debido reconocimiento y era cuestión indubitable que Arturo, en materia de intelecto, no tenía rival. Así, era reclamado por todos para formar equipo con él cuando de competir en conocimientos se trataba; sus respuestas eran tomadas por dogma y no se consideraba siquiera la posibilidad de un error. Su verbo, tímido y torpe en sentimentales lides, se tornaba hábil, brillante y astuto en dialécticos combates y desarmaba de razones al oponente al instante, más por el dominio del vocabulario y de la técnica que por que le asistieran a él. Ello le resarció suficientemente del fracaso que, en cambio, ofreciera el panorama si lo que analizara fuera su popularidad a la hora de integrarse en actividades propias de esas edades: el deporte, salir al cine, relacionarse con el otro sexo, contar chistes, ... divertirse, en suma. Cuando de esto se trataba, se diría que de repente un velo de invisibilidad le cubría y sus compañeros solían arreglárselas perfectamente sin él.




Así transcurrió su adolescencia y parte de su juventud, cobijado de los rigores de la vida gracias a su pericia mental y verbal, que decidió afinar y enriquecer con el estudio del Derecho. Arturo dejó de ser un chico gordito para convertirse en un adulto tripón, moreno, de gesto adusto, sin cualidades para la seducción. Las mujeres, y antes las muchachas, no lograban sentir otra cosa que curiosidad ante su segura forma de hablar, su caudal de saberes, su cuidada expresión, y si cedían a salir una tarde con él lo hacían con el afán de descubrir algo más carnal y humano tras su perfección mental; sin embargo, por lo general no conseguía despertarles llama cercana al deseo, afecto, simpatía o cualquier otro sentimiento que no fuera producto de la razón. De no ser porque siempre tenía los apuntes más exhaustivos, la respuesta a cualquier duda o el tiempo y la voluntad para hallarla, la mejor fama académica y porque sus materiales tenían siempre la garantía de exactitud, posiblemente muchas de las personas que a lo largo de esos años se le acercaron, hubieran permanecido totalmente ajenas a su presencia.





El reconocimiento de esta situación le hacía sentir necesario, llama de luz entre tanta tiniebla. Le agradaba ser objeto de la consideración ajena por sus facultades intelectuales e, inevitablemente, su seguridad se retroalimentaba de ella; y sin embargo, no lograba devolver a quienes, de un modo u otro, le engrandecían el ego más que cierta conmiseración. Le costaba entender que lo que él lograba sin apenas esfuerzo fuera visto por otros como algo tan excepcional, y si por un lado se crecía, por otro no podía evitar pensar que, sin duda, se hallaba rodeado de necios, incapaces para el más mínimo pensamiento complejo, que se conducían cual ciegos en un laberinto cuando se trataba de interpretar razonamientos de dificultad superior al del funcionamiento del reloj de arena.





De este modo, oscilaba su ánimo entre la satisfacción de hallarse mejor dotado, envanecido, de saberse necesario y admirado, y la frustración de no encontrar sujeto por quien sentir lo que él despertaba en otros. Por otro lado, su misma lucidez le impedía acallar del todo el lamento que, alguna vez, empañaba sus razones y hacía crujir sus certezas. Había algún lugar en su interior que, pese al calor que la admiración procura a la vanidad de todo mortal, rezumaba frío y humedad. Un rincón profundo, oculto tras capas y capas de estudiada indiferencia y ensayada superioridad, una grieta que, pese a la escarcha que generaba su hálito helado, albergaba una parte cálida de sí mismo que latía en soledad ansiando conocer lo que, hasta los seres más simples y menos valorados por él, parecían obtener sin haber hecho más méritos.



Ya en el mundo laboral, perdida la cercanía de compañeros prestos a conceder a su ego el alimento que ya se le había tornado imprescindible; enclaustrado en despachos donde todos se dedicaban a lo mismo y entre los que destacar resultaba menos simple; reducido el círculo de personas con las que tratar a diario y cuyo trato, además, se veía muy influenciado por parámetros económicos y de éxito social; convertida en obligación una brillantez que los clientes pagaban para obtener y por tanto, ni agradecían ni admiraban, Arturo llegó a sentirse como un actor relegado a la inactividad, sin público, sin aplausos, sin ¡bravos! que resonaran en los flecos del telón. Sin duda, pensó, ése era el quid del asunto: sus cualidades ya no le reportaban la satisfacción de antaño, porque ahora cobraba por lo que con ellas conseguía.



Tras las jornadas laborales, volvía a casa vacío, huérfano de ese calor que tanto había templado sus años de soledad, y enfrascábase navegando, marino de ordenador. Y una cosa llevó a otra.


Dedicar sus horas libres a ayudar a los demás le mantendría ocupado, potenciaría su lado generoso y solidario, permitiría a mucha gente resolver asuntos que por estrechez económica no podía encargar a profesionales al uso ... Sí, un consultorio legal, gratuito y virtual, haría bien a muchísimos seres humanos a los que ni siquiera conocía ... por ellos, sólo por ellos, sacrificaría el tiempo y realizaría el esfuerzo que hiciera falta ... como antes, como siempre, ... sus cualidades otra vez al servicio de tantos que no las tenían.



Y así fue como Arturo halló su camino en la vida. Sin duda, hay personas que nacen predestinadas para ese tipo de altruismo (que más beneficia a sí mismos que a los demás).

sábado, 17 de octubre de 2009

Personas excepcionales.





Que todos somos únicos e irrepetibles es algo que escuchamos infinidad de veces a lo largo de la vida. Sin embargo, que efectivamente seamos únicos e irrepetibles no nos convierte en personas excepcionales, según lo veo yo.


La aseveración se referirá, sin duda, a que nuestra carga genética lo es, y por tanto, aunque podamos compartir experiencias, medio social o cultural, acontecimientos vitales, educación y otros muchos factores con algunos de nuestros semejantes, la personalidad resultante, la esencia de nuestra identidad será siempre distinta, en el grado que se quiera admitir, de la de ese prójimo que nos rodea.


Por otro lado, entrar en la categoría de 'persona excepcional', aunque ésta casi siempre es una expresión que se emplea en sentido positivo y halagador, puede lograrse por el poco encomiable método de alejarse del común de los mortales al concebir ideas o realizar actos del todo excepcionales en su inconveniencia, falta de justicia, de razón, de juicio ... Me vienen a la mente individuos tan 'excepcionales' como cualquier asesino en serie, como cualquier terrorista (sea o no suicida), como cualquier enajenado mental o ser que como tal se comporte (valdría Hitler, como ejemplo) ... Pero no, no es de este tipo de 'persona excepcional' del que me quiero ocupar aquí.


Frente a ésos, están aquellos seres humanos que han resultado excepcionales entre la humanidad por sus aportaciones a la ciencia, al pensamiento, a la política, a la tecnología, al arte ... (Galileo, Platón, Ghandi, Einstein, Miguel Ángel...) ; o aquéllos otros que fueron o son también excepcionales por su capacidad de lucha o de resistencia al infortunio, por la defensa de sus ideales, por su filantropía, por su acierto en decisiones que acarrearon un bien común (Mandela, Luther King, Teresa de Calcuta, ...). Pero no, tampoco es de este tipo de 'personas excepcionales' de los que quiere tratar este artículo. Tanto los del anterior párrafo como los de éste son seres casi únicos en su excepcionalidad, auténticas agujas en el populoso pajar del planeta.


Todos somos únicos e irrepetibles, sí; pero si nos lo propusiéramos, la inmensa mayoría podríamos entrar sin problema a formar parte de algún grupo o categoría de ser humano más o menos abundante y cuyos miembros son lo suficientemente parecidos entre sí, por sus reacciones, por sus ideas, por su sensibilidad, ... como para poder tomarlos en conjunto por una 'clase' de personas. Entre esas categorías o grupos se encuentra también el de las 'personas excepcionales de a pie', pero no por ello (por ser 'de a pie') menos encomiables, menos beneficiosas para quienes les rodean, menos importantes en su entorno vital. Todas esas 'clases' de personas son muy abundantes, qué duda cabe, como abundante es el total de seres humanos que poblamos el globo terráqueo. Sin embargo, la categoría de las 'personas excepcionales de a pie' es sensiblemente minoritaria entre las demás, desgraciadamente.


Quiero pensar que todos somos lo suficientemente afortunados para haber tenido o poder tener en un futuro la ocasión de toparnos con alguna de esas personas. Suelen ser seres sabios, que sin embargo nada se empeñan en enseñar; mesurados y sensatos en todas sus expresiones, ponen diques de prudencia y discreción que contengan la manifestación de su excepcionalidad, pero ésta es tal, que brota por los finos poros del material de que ambas están compuestas quedando más patente si cabe, por cuanto se opone al afán de la mayoría. La luz de su inteligencia suele estar siempre alimentada por el generador de su bondad, de su honestidad, y aunque suele ser de potencia cegadora, se conducen entre todos con la humildad de quien porta un sencillo candil. Se adornan también de una alegría serena, conformes con su destino, capaces para observar de una simpleza el milagro, y no conocen la envidia, la vanidad o la soberbia. Y, aunque no se les engaña, son magnánimos al juzgar y proclives a ver en cualquiera una virtud. Son confiados, coherentes, positivos y profundos, y no sienten necesidad de demostrar, convencer, merecer o figurar. Cuando se está en su compañía, su excelencia personal, lejos de hacerles de menos, genera entre los demás el deseo de mejora, el afán de superación, la admiración fecunda y una especie de paz, de amansamiento de malos instintos, de 'vergüenza torera' que obliga a estar a la altura sacando de 'los adentros' lo mejor de cada cual.



Yo sí, soy afortunada. He hallado en mi camino algunos de los individuos que responden a esas características. Un par son de mi profesión. Aunque no lo necesitan (ni lo van a poder leer porque ignoran su existencia) quiero desde este blog rendirles un merecido homenaje, agradecerles su presencia en mi vida, su compañía en algunos momentos, su ejemplo, sus enseñanzas, y sobretodo, el optimismo y el orgullo que genera en mí saber que existen personas como ellos, aunque sean la excepción (o precisamente por ello). Quiero rendírselo también a aquellos otros seres de este género que, habiéndose cruzado en mi camino, no han sido identificados por causa de mi torpeza.



sábado, 10 de octubre de 2009

Sobre mis escritos

Siento una profunda admiración por quien se dedica a escribir, por quien es capaz de transportarnos en las alas de sus palabras a otros asuntos, a otros mundos, a otras vidas.


A menudo me paro a pensar la enorme dificultad que debe suponer escribir una novela: perfilar sus personajes, urdir una trama, ordenar los hechos de manera no sólo atractiva, sino inteligible, salpicarla de las imprescindibles descripciones, cargadas de esos adjetivos, esas expresiones y perífrasis que personalizan tanto el estilo de cada autor y que son las que, básicamente, acaban por ser el escaparate en que se luce su oficio ...


A menudo también disfruto del rato de lectura agradable que me proporcionan articulistas habituales de los 'dominicales' de muchos diarios; y me ocurre lo mismo: me sorprende su capacidad para encontrar cada semana algo de lo que 'hablar' y sobre todo algo nuevo que 'decir'; su facilidad para contar toda una historia (un relato corto) en la escueta página de una revista; su habilidad para ofrecer una opinión, y sus razones, en un espacio tan magro ... y además hacerlo con una periodicidad marcada.


Por motivos laborales (del pasado) he dado vida a infinidad de escritos administrativos (oficios, instancias, recursos, notas informativas, cartas ...) y siempre he disfrutado redactándolos de la forma más correcta que me ha sido posible, expresando con la máxima exactitud o propiedad aquello que debía o quería decir. Sin embargo, nunca he escrito por placer ni con afán literario (hasta ahora). Desconozco el motivo de no haberlo hecho antes, como desconozco el motivo que me ha llevado a intentarlo ahora. Repentinamente me ha asaltado el deseo de escribir historias; historias pequeñas, ya que no soy capaz de otra cosa. Confieso que lo más dífícil es encontrar la 'idea', hallar el objeto y el sujeto de quien se quiere contar algo ...; después empieza la fase gratificante y activa, la de irle dando forma cambiando y volviendo a cambiar palabras y signos de puntuación, como si se trabajara con arcilla, hasta que ofrece el aspecto más parecido a aquello que se tenía en mente.


Los dos relatos que he publicado en este blog (La velita y Las teclas de acero) son mis dos primeras creaciones. Están pensadas y escritas en las fechas en que aparecen publicadas, es decir, son escritos poco madurados y muy mejorables sin duda, pero fruto espontáneo y fresco de la 'inspiración' de un momento. Según los voy releyendo, a veces corrijo detalles de expresión o de puntuación que me saltan a la vista y que anteriormente me pasaron desapercibidos, de modo que pueden ir variando con el tiempo, aunque la fecha de publicación no se modifica (ignoro por qué).


Me gustaría que si alguien los lee, y le apetece, escribiera un comentario del tipo que sea: lo que le sugieren, fallos, aciertos ... serán siempre bien recibidos. Supongo que será difícil que esto ocurra, pues no he desvelado a nadie la existencia del blog, de manera que será el puro azar quien pueda llevar al posible internauta hasta ésta su casa. De momento no cuento con ningún comentario en ninguna de las entradas; esperemos que un día la cosa cambie.


¡Ah! en cuanto a la estadística de visitas que está en la columna de la izquierda, cuantas están contabilizadas sin duda son mías, pues mi falta de pericia técnica para hacer cualquier cambio o añadido tanto en el fondo como en la forma de los artículos me obliga a innumerables pruebas e intentos que son los que van engrosando el número de unos 'huéspedes' que, hasta ahora, no son más que dobles de mí misma ...


Espero que alguno de ustedes pueda disfrutar de alguna de mis entradas ... algún día ... Aprovecho para darles las gracias anticipadas.

martes, 6 de octubre de 2009

Relato 2:Teclas de acero.

Atravesó el bar con el paso titubeante de quien pisa suelo de cristal sobre un abismo. El humo escocía en el interior de sus ojos y el murmullo incesante, en ocasiones salpicado de altisonantes voces de hombres y mujeres que querían hacer valer sus razones, se colaba por sus oídos martilleando su cerebro, como un mecanismo automático que rítmicamente golpeaba sobre la masa de su materia gris. Hoy le dolía la cabeza; tanto, que estaba segura terminaría por vomitar. Una mezcolanza de olores flotaba en el ambiente, con proporciones desconocidas y variables de café, humo, sudor, licores, churros y humanidad, impregnando por dentro y por fuera a cuantos allí se congregaban y que dejaría un rastro indeleble durante horas en ropas y cabellos después de abandonar el local. Del glamour de antaño, cuando era un lugar de copas y melodías nocturnas, ya sólo quedaba un viejo piano adosado a la pared del fondo, entre los dos servicios.



El café Cifuentes era el lugar donde sin excepción tomaba el café con leche de media tarde, durante los quince minutos de descanso que su jefe le permitía disfrutar; ni uno más, pero tampoco uno menos, había pensado siempre ella. La parroquia se distribuía entre corrillos de hombres maduros que se citaban a diario para pasar un rato de café y tertulia; parejas de señoras maduras que se juntaban para merendar; oficinistas de ambos sexos que, en solitario o en agrupaciones diversas, hacían un alto en su jornada laboral; algún matrimonio con hijos que, después de realizadas las compras en el centro, sucumbía a su insistente petición de tomar un chocolate con churros, ... y en él tampoco faltaba el inevitable solitario, desconocido y callado, que sin embargo se había convertido casi en pieza fija del decorado.



El del café Cifuentes era un hombre de una cincuentena de años, alto, delgado y fibroso. Su cabello, corto y liso, blanqueaba en las sienes y patillas. Una tez curtida y morena parecía no casar con sus elegantes manos; de una de ellas colgaba siempre un maletín, de los de representante o vendedor. Vestía trajes de chaqueta gastados, aunque aún pulcros, y acostumbraba a no llevar corbata. Lucía dos, uno verde oscuro y otro gris, casi negro, que alternaba por semanas, quizá para poderlos llevar a limpiar. Solía sentarse en la mesa que estaba al lado de la cristalera central, desde donde se tenía una buena perspectiva de la calle, y pedía siempre un café sólo y una copa de aguardiente. Al entrar, y antes de tomar asiento, pasaba por el rincón de la barra donde era costumbre dejar la prensa; cogía el periódico que estuviera disponible y, ya en la mesa, comenzaba su lento pasar de páginas, siempre empezando por el final. En su camino desde la barra a la mesa, el camarero comprobaba a diario que la vista del hombre se posaba apenas sobre los titulares, mirándolos con descuido, y se dirigía repetida y mecánicamente hacia el ventanal, como si esperase ver llegar a alguien citado.
Si hubiera sido más y mejor observador también habría notado que, cuando ella avanzaba hacia la puerta del bar por la calle del Carmen, el hombre apuraba su copa, se levantaba y seguía con atención los últimos pasos que daba la mujer antes de empujar la puerta, y dirigiéndose hacia el rincón para devolver el periódico, emprendía el camino de salida, justo cuando ella comenzaba el de entrada, y avanzaban al unísono, pero en sentidos contrarios, frente a frente, hasta cruzarse y finalmente sobrepasarse. El rostro del hombre, tenso y anhelante la primera parte del recorrido, parecía perder estructura cuando se cruzaban, como si esperase algo que nunca ocurría, y al salir del bar llevaba en los ojos el tinte plomizo de la decepción. Si el camarero hubiera sido más y mejor observador también se habría dado cuenta de que esa tarde el hombre aún estaba allí, en la mesa, cuando la mujer entró.
Ella pidió su café con leche y se sentó a beberlo. Los primeros sorbos, dados ya sin convicción, obtuvieron de su estómago una queja amarga y tuvo la certeza de que iban a recorrer el camino de vuelta sin remedio. Se levantó desorientada y entró en el servicio para dejar a su estómago terminar lo que sin duda ya era inevitable. Mientras se lavaba las manos y se enjuagaba la boca, una melodía empezó a destacar por encima del murmullo monótono y conocido del bar. Esos compases parecían sonar no sólo en el ambiente; eran acompañados en el interior de su cabeza por un solista invisible, arrinconado durante cerca de treinta años en el desván de la memoria, pero que ahora se revelaba fácilmente recuperable. Un mecanismo extraño se disparó en su cerebro, y como adiestradas, un sinfin de piezas de un rompecabezas ya olvidado emprendieron un vertiginoso y certero baile que las colocó ante sus ojos formando la imagen lejana pero no perdida de un perdido amor. Entreabrió la puerta y por la rendija miró conmovida. El hombre tocaba con la cara vuelta en su dirección y a sus pies tendido, como perro fiel, descansaba el maletín de cuero, lustroso del uso. Ya no contenía bellas partituras ... Folletos, catálogos, listados de precios con fotografías de máquinas de escribir atestaban sus compartimentos...
Una certidumbre vino a despejar lo que durante años fuera siempre duda: de lo que fue, sólo quedaba un hombre sin luz, el futuro agostado en el vanal intento de hacer oir a otros música en el ruido de unas teclas de acero.

domingo, 4 de octubre de 2009

El nombre


Sé que éste es uno de los asuntos que podría haber tratado como primera entrada, pero mi blog es como yo, algo caótico e impulsivo a veces; en definitiva, habla de lo que le parece cuando se le ocurre y no atiende a más razones que su voluntad. Quizá por eso es 'pillo'.


Quien se haya molestado en desplegar mi perfil, bien por azar, por puro trámite o por saciar una posible curiosidad sobre esta servidora, habrá comprobado que mi profesión es la de maestra de primaria. Cuando me decidí a crear este blog me resultó imprescindible pensar también en un nombre con que bautizarlo, tarea harto difícil para mí, lo confieso. Considerando que quizá (sólo quizá) entre los contenidos que fueran engrosando sus páginas se irían colando algunos relacionados con mi profesión, se me vino a la mente la tan manida frase: "cada maestrillo tiene su librillo". Me pareció muy socorrida la idea y me dispuse a llamar así a mi nueva criatura: 'Mi librillo'. Pero hete aquí que dicha denominación no estaba virtualmente disponible, y todo mi gozo vino a hundirse en las oscuras aguas de un pozo de impaciencia y desazón.


Sin ganas ya, sin fuerza y sin ideas, me resultaba imposible encontrar nada que no tuviera que ver con el dichoso 'librillo', y me decidí por la tarea de buscar un adjetivo que casara con lo que, a priori, pensaba que podría llegar a ser mi ya querido y 'diminuto' sustantivo. Y como soy muy dada a considerar la parte fonética de los vocablos, y éstos se me prenden muchas veces a la lengua y los oídos más por su música que por su significado, no pude evitar escoger el adjetivo 'pillo', que rimaba con el sustantivo al tiempo que traía remembranzas del carácter de muchos de mis alumnos, que se hacen querer en no pocas ocasiones por traviesos y por pícaros.


Y de este modo di por terminado el capítulo del bautismo. He de reconocer que no me ha dejado excesivamente satisfecha en sí mismo, pero me permitió entonces ponerme manos a la obra con lo que de verdad constituía el fondo de mi propósito: dejarle (nombrado ya) contar a su modo lo que tuviera a bien contar, permitirle jugar con las palabras e inventar historias, abrirle la puerta de los pensamientos para que se colara y, pícaramente, tirara del hilo que los va hilvanando para dejarlos tendidos al aire y al sol ...


Y es esta y no otra la historia real de mi pequeña obra, de un libro pequeño... y a veces, travieso.



sábado, 3 de octubre de 2009

Relato 1: La velita.

Julia cerró la puerta tras de sí dejándose caer suavemente de espaldas sobre ella. Con la cabeza apoyada en la plancha de madera, alzó la vista al techo y se quedó mirando, sin ver, los pequeños focos halógenos incrustados que iluminaban el recibidor. Soltó el bolso en el mueble que tenía a su derecha y, sin despegarse aún de la puerta, sacó un pie del zapato de tacón alto que había estado martirizándolo durante horas y un leve gruñido de placer se escapó de su garganta; después hizo lo propio con el otro y, mientras una pícara sonrisa de adueñaba de su rostro y su mirada, inició el movimiento que la conduciría a su habitación, hacia la izquierda, dejando abandonados a su caer los zapatos, como restos mutilados de un todo al que pertenecían.


Fue quitándose la americana mientras daba los ocho pasos que la separaban de su cama y tiró la prenda sobre ella, sin excesivo cuidado, pero con la pericia que da la costumbre. Después se dirigió hacia el espejo de cuerpo entero que ocupaba el rincón del fondo. Siempre se vestía y se desvestía ante él, aunque muchas veces ni siquiera echaba una ojeada a la imagen que reflejaba.



Hoy sí; se colocó frente al doble de sí misma, mirando con detenimiento el aspecto, la figura, la expresión ... y comprobó que los ojos del azogue le devolvían la mirada con un brillo satisfecho. Se desprendió de la falda negra y recta y la dejó sobre la silla. Empezó a desabotonar una blusa blanca de las que se llevan por fuera y que rozan justo los huesos de la cadera, que entallaba con pinzas por detrás y por delante un talle con menos cintura de la que quisiera, pero que tenía el efecto de hacerla disminuir considerablemente. Se giró para verse por detrás y demoró la vista en el hueco de la espalda, esa línea central que la recorre hacia abajo y que llegando a la cintura se hunde, se curva hacia dentro con suavidad para volver a sobresalir bajo las caderas, graciosamente. Así, en ropa interior, no tenía mal aspecto. Quizá su piel aún tersa y la firmeza de su carne fueran mejores que lo que se podía esperar a su edad, aunque le sobraban unos kilos que ella hubiera redistribuido sabiamente de haber tenido oportunidad.


Cogió un camisón de algodón, de tirantes, que tenía el aspecto de un vestido veraniego, y se lo fue vistiendo mientras abandonaba la habitación para dirigirse a la cocina. Allí conectó el horno que calentaría su plato único, dispuso el mantel, los cubiertos, el vaso ... sacó de la nevera una bolsa de ensalada de las que vienen cortadas y lavadas y puso la cantidad suficiente en una fuente. La aliñó y, al acabar, se dirigió al salón.


Allí, sentada en el sofá y con las piernas sobre la mesita, empezó a estirar y a hacer girar sus pies, en un movimiento que la reconfortaba y que ya formaba parte de su ritual de relajación. Mientras, su mente volvió a la escena increíble. Le parecía mentira que hubiera resultado tan simple, tan inesperadamente oportuno. Tantos años esperando ver la cara de la jefa de departamento desprovista de esa expresión de ser 'asquerosamente perfecta' que siempre la acompañaba; tantos diálogos tensos en los que, ni cargada de razones, había logrado resquebrajar un ápice su arrogancia; tantas discusiones frustradas ante unos oídos sordos a su capacidad de razonamiento ... y ahora, precisamente el día del cumpleaños de Aurora, se había producido la escena que había imaginado mil veces y de mil maneras, que había visualizado y retocado a su antojo rezando para que un día cobrara vida propia y pudiera contemplarla ...



Si, la puerta del departamento se abrió y apareció Diego. Aurora estaba tras de su mesa y ella del otro lado de la sala, entre la puerta y la mesa. Diego extendía el brazo mostrando en la mano derecha una pequeña bolsita de papel y, dirigiéndose a las dos, dijo:


- No hay tarta de cumpleaños que no lleve sus velitas para pedir un deseo mientras se las sopla.... Acabo de encontrar una pastelería que, pensando en personas discretas ... y coquetas, como tú, Aurora, fabrican velitas con números y otras con el signo del interrogante. Todo un detalle ¿eh? Me he permitido traer uno para tí ...





Aurora, de pie, sonriente y triunfal, cogió el paquetito mientras contestaba:


-No deberías haberte molestado, Diego. No sería sensato pedir más deseos teniendo tantos cumplidos ... pero te lo agradezco mucho. Tú siempre tan galante ...

-Eso sí, Aurora, despejaremos el misterio sólo a medias -repuso Diego-. Compré el 5 para el lugar de la decena, y dejaremos el interrogante en el lugar de las unidades .... nadie se atreverá a preguntar a la jefa.


Un silencio espeso, casi sólido, empezó a adueñarse de la estancia. La sonrisa congelada de Aurora se despeñó primero en las comisuras de sus labios, y luego derritió hasta la última chispa de alegría de sus ojos. Un titubeo de sus manos le impidió sujetar convenientemente el sobre, que cayó sobre los libros mientras se sentaba y miraba cómo Julia se dirigía despacio hacia la puerta, y, ya bajo su quicio, pronunciaba:

-Deberías haber hablado antes conmigo, Diego. Pero no os preocupéis; los dos cuatros que compraste el mes pasado para mi tarta de cumpleaños quedaron impecables. Le prestaré uno a Aurora, que al fin y al cabo sólo cumple uno más que yo ...


El timbre del horno la sacó de su ensoñación. Perezosamente decidió obedecer su llamada y, descalza, se dirigió lentamente hacia la cocina mientras tarareaba una melodía con la que, sin que fuera consciente, iba dando pasos de baile ...