domingo, 18 de octubre de 2009

Relato 3: Arturo (o del altruismo)

Ya se veía venir. No hacía falta ser en exceso sagaz para predecir desde la escuela la clase de persona en que acabaría convirtiéndose Arturo. Su evolución, desde que amaneció a la vida social hasta su plena madurez, seguiría una trayectoria que, analizada hacia atrás, etapa a etapa, revelaría una lógica intrínseca, una coherencia que, por otro lado, quizá fuera inevitable. En general, el árbol en que nos convertimos no es más que el producto de la calidad de la semilla que alguien plantó y de la influencia que la tierra, el sol, la lluvia, la exposición a los vientos, la vegetación circundante y otros factores ejercen a lo largo del tiempo sobre ella. Sin embargo, hay semillas que contienen información genética de especies con una gran capacidad de aclimatación al medio, maleables, flexibles en sus exigencias,... diríase que inteligentes emocionalmente, y que nos sorprenden prosperando en lugares insospechados, aprovechando la mínima bonanza y devolviendo a quien las cuida el ciento por uno. Hay otras, por el contrario, exigentes e inflexibles que requieren del jardinero cuidados y esfuerzos sin fin, que parecen regodearse en ello y cuya longevidad, lejos de suponer recompensa, genera siempre el miendo de que pudiera truncarse por el más ligero error, manteniendo al cuidador en un constante sinvivir.




Si Arturo hubiese sido una planta, a esta última clase hubiera pertenecido sin duda. Estricto, desprovisto de elasticidad, hombre ahíto de certezas y despojado de dudas, presto a juicios y remiso a conceder cualquier absolucióna, desde siempre despertó en sus relaciones más admiración que atractivo, menos cariño que necesidad. Él no era consciente en exceso y, lejos de juzgarse mal, se sentía distinto: distinto y superior.



En la escuela, contemplaba desde la banda, tomando su bocadillo, cómo sus compañeros conseguían con sus piernas y un balón, malabares que él tomaba por milagros, tal juzgaba su dificultad. En esas edades, es sabido que de no contar con méritos deportivos, sólo la audacia, la gallardía, la gracia innata, la fuerza o la gran estatura procuran ante los pares un mínimo de respeto, de admiración o de popularidad. Arturo, gordito y más bien patoso, carecía de méritos deportivos, como carecía también de esas otras prendas del carácter y del físico que adornan a los líderes infantiles. Prudente, bajo, de rasgos más bien corrientes, callado, serio, refractario al humor, sensato, cauto y hostil a la fuerza bruta, sólo le quedó una baza para lograr tal respeto: la inteligencia, la memoria y la voluntad para el estudio; la facilidad para el razonamiento lógico y para la expresión escrita; la rapidez mental y la astucia verbal. Sabedor de sus carencias, pronto empezó a cultivar las que serían desde entonces sus mejores cualidades; quizá las únicas.





Desde la más tierna edad comprendió que esas virtudes, convenientemente gestionadas, podrían no sólo emular los logros que procuran aquéllas de las que carecía, sino incluso superarlos. En clase, asimilaba al detalle las explicaciones de los profesores, memorizaba sin el menor esfuerzo la materia de los exámenes, redactaba con corrección y era capaz de realizar exposiciones claras, ordenadas, lógicas y coherentes tanto para ofrecer opiniones, como para relatar acontecimientos reales o argumentar a favor o en contra de cualquier tesis. Sus compañeros, primero en la escuela y después en el instituto, le rendían el debido reconocimiento y era cuestión indubitable que Arturo, en materia de intelecto, no tenía rival. Así, era reclamado por todos para formar equipo con él cuando de competir en conocimientos se trataba; sus respuestas eran tomadas por dogma y no se consideraba siquiera la posibilidad de un error. Su verbo, tímido y torpe en sentimentales lides, se tornaba hábil, brillante y astuto en dialécticos combates y desarmaba de razones al oponente al instante, más por el dominio del vocabulario y de la técnica que por que le asistieran a él. Ello le resarció suficientemente del fracaso que, en cambio, ofreciera el panorama si lo que analizara fuera su popularidad a la hora de integrarse en actividades propias de esas edades: el deporte, salir al cine, relacionarse con el otro sexo, contar chistes, ... divertirse, en suma. Cuando de esto se trataba, se diría que de repente un velo de invisibilidad le cubría y sus compañeros solían arreglárselas perfectamente sin él.




Así transcurrió su adolescencia y parte de su juventud, cobijado de los rigores de la vida gracias a su pericia mental y verbal, que decidió afinar y enriquecer con el estudio del Derecho. Arturo dejó de ser un chico gordito para convertirse en un adulto tripón, moreno, de gesto adusto, sin cualidades para la seducción. Las mujeres, y antes las muchachas, no lograban sentir otra cosa que curiosidad ante su segura forma de hablar, su caudal de saberes, su cuidada expresión, y si cedían a salir una tarde con él lo hacían con el afán de descubrir algo más carnal y humano tras su perfección mental; sin embargo, por lo general no conseguía despertarles llama cercana al deseo, afecto, simpatía o cualquier otro sentimiento que no fuera producto de la razón. De no ser porque siempre tenía los apuntes más exhaustivos, la respuesta a cualquier duda o el tiempo y la voluntad para hallarla, la mejor fama académica y porque sus materiales tenían siempre la garantía de exactitud, posiblemente muchas de las personas que a lo largo de esos años se le acercaron, hubieran permanecido totalmente ajenas a su presencia.





El reconocimiento de esta situación le hacía sentir necesario, llama de luz entre tanta tiniebla. Le agradaba ser objeto de la consideración ajena por sus facultades intelectuales e, inevitablemente, su seguridad se retroalimentaba de ella; y sin embargo, no lograba devolver a quienes, de un modo u otro, le engrandecían el ego más que cierta conmiseración. Le costaba entender que lo que él lograba sin apenas esfuerzo fuera visto por otros como algo tan excepcional, y si por un lado se crecía, por otro no podía evitar pensar que, sin duda, se hallaba rodeado de necios, incapaces para el más mínimo pensamiento complejo, que se conducían cual ciegos en un laberinto cuando se trataba de interpretar razonamientos de dificultad superior al del funcionamiento del reloj de arena.





De este modo, oscilaba su ánimo entre la satisfacción de hallarse mejor dotado, envanecido, de saberse necesario y admirado, y la frustración de no encontrar sujeto por quien sentir lo que él despertaba en otros. Por otro lado, su misma lucidez le impedía acallar del todo el lamento que, alguna vez, empañaba sus razones y hacía crujir sus certezas. Había algún lugar en su interior que, pese al calor que la admiración procura a la vanidad de todo mortal, rezumaba frío y humedad. Un rincón profundo, oculto tras capas y capas de estudiada indiferencia y ensayada superioridad, una grieta que, pese a la escarcha que generaba su hálito helado, albergaba una parte cálida de sí mismo que latía en soledad ansiando conocer lo que, hasta los seres más simples y menos valorados por él, parecían obtener sin haber hecho más méritos.



Ya en el mundo laboral, perdida la cercanía de compañeros prestos a conceder a su ego el alimento que ya se le había tornado imprescindible; enclaustrado en despachos donde todos se dedicaban a lo mismo y entre los que destacar resultaba menos simple; reducido el círculo de personas con las que tratar a diario y cuyo trato, además, se veía muy influenciado por parámetros económicos y de éxito social; convertida en obligación una brillantez que los clientes pagaban para obtener y por tanto, ni agradecían ni admiraban, Arturo llegó a sentirse como un actor relegado a la inactividad, sin público, sin aplausos, sin ¡bravos! que resonaran en los flecos del telón. Sin duda, pensó, ése era el quid del asunto: sus cualidades ya no le reportaban la satisfacción de antaño, porque ahora cobraba por lo que con ellas conseguía.



Tras las jornadas laborales, volvía a casa vacío, huérfano de ese calor que tanto había templado sus años de soledad, y enfrascábase navegando, marino de ordenador. Y una cosa llevó a otra.


Dedicar sus horas libres a ayudar a los demás le mantendría ocupado, potenciaría su lado generoso y solidario, permitiría a mucha gente resolver asuntos que por estrechez económica no podía encargar a profesionales al uso ... Sí, un consultorio legal, gratuito y virtual, haría bien a muchísimos seres humanos a los que ni siquiera conocía ... por ellos, sólo por ellos, sacrificaría el tiempo y realizaría el esfuerzo que hiciera falta ... como antes, como siempre, ... sus cualidades otra vez al servicio de tantos que no las tenían.



Y así fue como Arturo halló su camino en la vida. Sin duda, hay personas que nacen predestinadas para ese tipo de altruismo (que más beneficia a sí mismos que a los demás).

sábado, 17 de octubre de 2009

Personas excepcionales.





Que todos somos únicos e irrepetibles es algo que escuchamos infinidad de veces a lo largo de la vida. Sin embargo, que efectivamente seamos únicos e irrepetibles no nos convierte en personas excepcionales, según lo veo yo.


La aseveración se referirá, sin duda, a que nuestra carga genética lo es, y por tanto, aunque podamos compartir experiencias, medio social o cultural, acontecimientos vitales, educación y otros muchos factores con algunos de nuestros semejantes, la personalidad resultante, la esencia de nuestra identidad será siempre distinta, en el grado que se quiera admitir, de la de ese prójimo que nos rodea.


Por otro lado, entrar en la categoría de 'persona excepcional', aunque ésta casi siempre es una expresión que se emplea en sentido positivo y halagador, puede lograrse por el poco encomiable método de alejarse del común de los mortales al concebir ideas o realizar actos del todo excepcionales en su inconveniencia, falta de justicia, de razón, de juicio ... Me vienen a la mente individuos tan 'excepcionales' como cualquier asesino en serie, como cualquier terrorista (sea o no suicida), como cualquier enajenado mental o ser que como tal se comporte (valdría Hitler, como ejemplo) ... Pero no, no es de este tipo de 'persona excepcional' del que me quiero ocupar aquí.


Frente a ésos, están aquellos seres humanos que han resultado excepcionales entre la humanidad por sus aportaciones a la ciencia, al pensamiento, a la política, a la tecnología, al arte ... (Galileo, Platón, Ghandi, Einstein, Miguel Ángel...) ; o aquéllos otros que fueron o son también excepcionales por su capacidad de lucha o de resistencia al infortunio, por la defensa de sus ideales, por su filantropía, por su acierto en decisiones que acarrearon un bien común (Mandela, Luther King, Teresa de Calcuta, ...). Pero no, tampoco es de este tipo de 'personas excepcionales' de los que quiere tratar este artículo. Tanto los del anterior párrafo como los de éste son seres casi únicos en su excepcionalidad, auténticas agujas en el populoso pajar del planeta.


Todos somos únicos e irrepetibles, sí; pero si nos lo propusiéramos, la inmensa mayoría podríamos entrar sin problema a formar parte de algún grupo o categoría de ser humano más o menos abundante y cuyos miembros son lo suficientemente parecidos entre sí, por sus reacciones, por sus ideas, por su sensibilidad, ... como para poder tomarlos en conjunto por una 'clase' de personas. Entre esas categorías o grupos se encuentra también el de las 'personas excepcionales de a pie', pero no por ello (por ser 'de a pie') menos encomiables, menos beneficiosas para quienes les rodean, menos importantes en su entorno vital. Todas esas 'clases' de personas son muy abundantes, qué duda cabe, como abundante es el total de seres humanos que poblamos el globo terráqueo. Sin embargo, la categoría de las 'personas excepcionales de a pie' es sensiblemente minoritaria entre las demás, desgraciadamente.


Quiero pensar que todos somos lo suficientemente afortunados para haber tenido o poder tener en un futuro la ocasión de toparnos con alguna de esas personas. Suelen ser seres sabios, que sin embargo nada se empeñan en enseñar; mesurados y sensatos en todas sus expresiones, ponen diques de prudencia y discreción que contengan la manifestación de su excepcionalidad, pero ésta es tal, que brota por los finos poros del material de que ambas están compuestas quedando más patente si cabe, por cuanto se opone al afán de la mayoría. La luz de su inteligencia suele estar siempre alimentada por el generador de su bondad, de su honestidad, y aunque suele ser de potencia cegadora, se conducen entre todos con la humildad de quien porta un sencillo candil. Se adornan también de una alegría serena, conformes con su destino, capaces para observar de una simpleza el milagro, y no conocen la envidia, la vanidad o la soberbia. Y, aunque no se les engaña, son magnánimos al juzgar y proclives a ver en cualquiera una virtud. Son confiados, coherentes, positivos y profundos, y no sienten necesidad de demostrar, convencer, merecer o figurar. Cuando se está en su compañía, su excelencia personal, lejos de hacerles de menos, genera entre los demás el deseo de mejora, el afán de superación, la admiración fecunda y una especie de paz, de amansamiento de malos instintos, de 'vergüenza torera' que obliga a estar a la altura sacando de 'los adentros' lo mejor de cada cual.



Yo sí, soy afortunada. He hallado en mi camino algunos de los individuos que responden a esas características. Un par son de mi profesión. Aunque no lo necesitan (ni lo van a poder leer porque ignoran su existencia) quiero desde este blog rendirles un merecido homenaje, agradecerles su presencia en mi vida, su compañía en algunos momentos, su ejemplo, sus enseñanzas, y sobretodo, el optimismo y el orgullo que genera en mí saber que existen personas como ellos, aunque sean la excepción (o precisamente por ello). Quiero rendírselo también a aquellos otros seres de este género que, habiéndose cruzado en mi camino, no han sido identificados por causa de mi torpeza.



sábado, 10 de octubre de 2009

Sobre mis escritos

Siento una profunda admiración por quien se dedica a escribir, por quien es capaz de transportarnos en las alas de sus palabras a otros asuntos, a otros mundos, a otras vidas.


A menudo me paro a pensar la enorme dificultad que debe suponer escribir una novela: perfilar sus personajes, urdir una trama, ordenar los hechos de manera no sólo atractiva, sino inteligible, salpicarla de las imprescindibles descripciones, cargadas de esos adjetivos, esas expresiones y perífrasis que personalizan tanto el estilo de cada autor y que son las que, básicamente, acaban por ser el escaparate en que se luce su oficio ...


A menudo también disfruto del rato de lectura agradable que me proporcionan articulistas habituales de los 'dominicales' de muchos diarios; y me ocurre lo mismo: me sorprende su capacidad para encontrar cada semana algo de lo que 'hablar' y sobre todo algo nuevo que 'decir'; su facilidad para contar toda una historia (un relato corto) en la escueta página de una revista; su habilidad para ofrecer una opinión, y sus razones, en un espacio tan magro ... y además hacerlo con una periodicidad marcada.


Por motivos laborales (del pasado) he dado vida a infinidad de escritos administrativos (oficios, instancias, recursos, notas informativas, cartas ...) y siempre he disfrutado redactándolos de la forma más correcta que me ha sido posible, expresando con la máxima exactitud o propiedad aquello que debía o quería decir. Sin embargo, nunca he escrito por placer ni con afán literario (hasta ahora). Desconozco el motivo de no haberlo hecho antes, como desconozco el motivo que me ha llevado a intentarlo ahora. Repentinamente me ha asaltado el deseo de escribir historias; historias pequeñas, ya que no soy capaz de otra cosa. Confieso que lo más dífícil es encontrar la 'idea', hallar el objeto y el sujeto de quien se quiere contar algo ...; después empieza la fase gratificante y activa, la de irle dando forma cambiando y volviendo a cambiar palabras y signos de puntuación, como si se trabajara con arcilla, hasta que ofrece el aspecto más parecido a aquello que se tenía en mente.


Los dos relatos que he publicado en este blog (La velita y Las teclas de acero) son mis dos primeras creaciones. Están pensadas y escritas en las fechas en que aparecen publicadas, es decir, son escritos poco madurados y muy mejorables sin duda, pero fruto espontáneo y fresco de la 'inspiración' de un momento. Según los voy releyendo, a veces corrijo detalles de expresión o de puntuación que me saltan a la vista y que anteriormente me pasaron desapercibidos, de modo que pueden ir variando con el tiempo, aunque la fecha de publicación no se modifica (ignoro por qué).


Me gustaría que si alguien los lee, y le apetece, escribiera un comentario del tipo que sea: lo que le sugieren, fallos, aciertos ... serán siempre bien recibidos. Supongo que será difícil que esto ocurra, pues no he desvelado a nadie la existencia del blog, de manera que será el puro azar quien pueda llevar al posible internauta hasta ésta su casa. De momento no cuento con ningún comentario en ninguna de las entradas; esperemos que un día la cosa cambie.


¡Ah! en cuanto a la estadística de visitas que está en la columna de la izquierda, cuantas están contabilizadas sin duda son mías, pues mi falta de pericia técnica para hacer cualquier cambio o añadido tanto en el fondo como en la forma de los artículos me obliga a innumerables pruebas e intentos que son los que van engrosando el número de unos 'huéspedes' que, hasta ahora, no son más que dobles de mí misma ...


Espero que alguno de ustedes pueda disfrutar de alguna de mis entradas ... algún día ... Aprovecho para darles las gracias anticipadas.

martes, 6 de octubre de 2009

Relato 2:Teclas de acero.

Atravesó el bar con el paso titubeante de quien pisa suelo de cristal sobre un abismo. El humo escocía en el interior de sus ojos y el murmullo incesante, en ocasiones salpicado de altisonantes voces de hombres y mujeres que querían hacer valer sus razones, se colaba por sus oídos martilleando su cerebro, como un mecanismo automático que rítmicamente golpeaba sobre la masa de su materia gris. Hoy le dolía la cabeza; tanto, que estaba segura terminaría por vomitar. Una mezcolanza de olores flotaba en el ambiente, con proporciones desconocidas y variables de café, humo, sudor, licores, churros y humanidad, impregnando por dentro y por fuera a cuantos allí se congregaban y que dejaría un rastro indeleble durante horas en ropas y cabellos después de abandonar el local. Del glamour de antaño, cuando era un lugar de copas y melodías nocturnas, ya sólo quedaba un viejo piano adosado a la pared del fondo, entre los dos servicios.



El café Cifuentes era el lugar donde sin excepción tomaba el café con leche de media tarde, durante los quince minutos de descanso que su jefe le permitía disfrutar; ni uno más, pero tampoco uno menos, había pensado siempre ella. La parroquia se distribuía entre corrillos de hombres maduros que se citaban a diario para pasar un rato de café y tertulia; parejas de señoras maduras que se juntaban para merendar; oficinistas de ambos sexos que, en solitario o en agrupaciones diversas, hacían un alto en su jornada laboral; algún matrimonio con hijos que, después de realizadas las compras en el centro, sucumbía a su insistente petición de tomar un chocolate con churros, ... y en él tampoco faltaba el inevitable solitario, desconocido y callado, que sin embargo se había convertido casi en pieza fija del decorado.



El del café Cifuentes era un hombre de una cincuentena de años, alto, delgado y fibroso. Su cabello, corto y liso, blanqueaba en las sienes y patillas. Una tez curtida y morena parecía no casar con sus elegantes manos; de una de ellas colgaba siempre un maletín, de los de representante o vendedor. Vestía trajes de chaqueta gastados, aunque aún pulcros, y acostumbraba a no llevar corbata. Lucía dos, uno verde oscuro y otro gris, casi negro, que alternaba por semanas, quizá para poderlos llevar a limpiar. Solía sentarse en la mesa que estaba al lado de la cristalera central, desde donde se tenía una buena perspectiva de la calle, y pedía siempre un café sólo y una copa de aguardiente. Al entrar, y antes de tomar asiento, pasaba por el rincón de la barra donde era costumbre dejar la prensa; cogía el periódico que estuviera disponible y, ya en la mesa, comenzaba su lento pasar de páginas, siempre empezando por el final. En su camino desde la barra a la mesa, el camarero comprobaba a diario que la vista del hombre se posaba apenas sobre los titulares, mirándolos con descuido, y se dirigía repetida y mecánicamente hacia el ventanal, como si esperase ver llegar a alguien citado.
Si hubiera sido más y mejor observador también habría notado que, cuando ella avanzaba hacia la puerta del bar por la calle del Carmen, el hombre apuraba su copa, se levantaba y seguía con atención los últimos pasos que daba la mujer antes de empujar la puerta, y dirigiéndose hacia el rincón para devolver el periódico, emprendía el camino de salida, justo cuando ella comenzaba el de entrada, y avanzaban al unísono, pero en sentidos contrarios, frente a frente, hasta cruzarse y finalmente sobrepasarse. El rostro del hombre, tenso y anhelante la primera parte del recorrido, parecía perder estructura cuando se cruzaban, como si esperase algo que nunca ocurría, y al salir del bar llevaba en los ojos el tinte plomizo de la decepción. Si el camarero hubiera sido más y mejor observador también se habría dado cuenta de que esa tarde el hombre aún estaba allí, en la mesa, cuando la mujer entró.
Ella pidió su café con leche y se sentó a beberlo. Los primeros sorbos, dados ya sin convicción, obtuvieron de su estómago una queja amarga y tuvo la certeza de que iban a recorrer el camino de vuelta sin remedio. Se levantó desorientada y entró en el servicio para dejar a su estómago terminar lo que sin duda ya era inevitable. Mientras se lavaba las manos y se enjuagaba la boca, una melodía empezó a destacar por encima del murmullo monótono y conocido del bar. Esos compases parecían sonar no sólo en el ambiente; eran acompañados en el interior de su cabeza por un solista invisible, arrinconado durante cerca de treinta años en el desván de la memoria, pero que ahora se revelaba fácilmente recuperable. Un mecanismo extraño se disparó en su cerebro, y como adiestradas, un sinfin de piezas de un rompecabezas ya olvidado emprendieron un vertiginoso y certero baile que las colocó ante sus ojos formando la imagen lejana pero no perdida de un perdido amor. Entreabrió la puerta y por la rendija miró conmovida. El hombre tocaba con la cara vuelta en su dirección y a sus pies tendido, como perro fiel, descansaba el maletín de cuero, lustroso del uso. Ya no contenía bellas partituras ... Folletos, catálogos, listados de precios con fotografías de máquinas de escribir atestaban sus compartimentos...
Una certidumbre vino a despejar lo que durante años fuera siempre duda: de lo que fue, sólo quedaba un hombre sin luz, el futuro agostado en el vanal intento de hacer oir a otros música en el ruido de unas teclas de acero.

domingo, 4 de octubre de 2009

El nombre


Sé que éste es uno de los asuntos que podría haber tratado como primera entrada, pero mi blog es como yo, algo caótico e impulsivo a veces; en definitiva, habla de lo que le parece cuando se le ocurre y no atiende a más razones que su voluntad. Quizá por eso es 'pillo'.


Quien se haya molestado en desplegar mi perfil, bien por azar, por puro trámite o por saciar una posible curiosidad sobre esta servidora, habrá comprobado que mi profesión es la de maestra de primaria. Cuando me decidí a crear este blog me resultó imprescindible pensar también en un nombre con que bautizarlo, tarea harto difícil para mí, lo confieso. Considerando que quizá (sólo quizá) entre los contenidos que fueran engrosando sus páginas se irían colando algunos relacionados con mi profesión, se me vino a la mente la tan manida frase: "cada maestrillo tiene su librillo". Me pareció muy socorrida la idea y me dispuse a llamar así a mi nueva criatura: 'Mi librillo'. Pero hete aquí que dicha denominación no estaba virtualmente disponible, y todo mi gozo vino a hundirse en las oscuras aguas de un pozo de impaciencia y desazón.


Sin ganas ya, sin fuerza y sin ideas, me resultaba imposible encontrar nada que no tuviera que ver con el dichoso 'librillo', y me decidí por la tarea de buscar un adjetivo que casara con lo que, a priori, pensaba que podría llegar a ser mi ya querido y 'diminuto' sustantivo. Y como soy muy dada a considerar la parte fonética de los vocablos, y éstos se me prenden muchas veces a la lengua y los oídos más por su música que por su significado, no pude evitar escoger el adjetivo 'pillo', que rimaba con el sustantivo al tiempo que traía remembranzas del carácter de muchos de mis alumnos, que se hacen querer en no pocas ocasiones por traviesos y por pícaros.


Y de este modo di por terminado el capítulo del bautismo. He de reconocer que no me ha dejado excesivamente satisfecha en sí mismo, pero me permitió entonces ponerme manos a la obra con lo que de verdad constituía el fondo de mi propósito: dejarle (nombrado ya) contar a su modo lo que tuviera a bien contar, permitirle jugar con las palabras e inventar historias, abrirle la puerta de los pensamientos para que se colara y, pícaramente, tirara del hilo que los va hilvanando para dejarlos tendidos al aire y al sol ...


Y es esta y no otra la historia real de mi pequeña obra, de un libro pequeño... y a veces, travieso.



sábado, 3 de octubre de 2009

Relato 1: La velita.

Julia cerró la puerta tras de sí dejándose caer suavemente de espaldas sobre ella. Con la cabeza apoyada en la plancha de madera, alzó la vista al techo y se quedó mirando, sin ver, los pequeños focos halógenos incrustados que iluminaban el recibidor. Soltó el bolso en el mueble que tenía a su derecha y, sin despegarse aún de la puerta, sacó un pie del zapato de tacón alto que había estado martirizándolo durante horas y un leve gruñido de placer se escapó de su garganta; después hizo lo propio con el otro y, mientras una pícara sonrisa de adueñaba de su rostro y su mirada, inició el movimiento que la conduciría a su habitación, hacia la izquierda, dejando abandonados a su caer los zapatos, como restos mutilados de un todo al que pertenecían.


Fue quitándose la americana mientras daba los ocho pasos que la separaban de su cama y tiró la prenda sobre ella, sin excesivo cuidado, pero con la pericia que da la costumbre. Después se dirigió hacia el espejo de cuerpo entero que ocupaba el rincón del fondo. Siempre se vestía y se desvestía ante él, aunque muchas veces ni siquiera echaba una ojeada a la imagen que reflejaba.



Hoy sí; se colocó frente al doble de sí misma, mirando con detenimiento el aspecto, la figura, la expresión ... y comprobó que los ojos del azogue le devolvían la mirada con un brillo satisfecho. Se desprendió de la falda negra y recta y la dejó sobre la silla. Empezó a desabotonar una blusa blanca de las que se llevan por fuera y que rozan justo los huesos de la cadera, que entallaba con pinzas por detrás y por delante un talle con menos cintura de la que quisiera, pero que tenía el efecto de hacerla disminuir considerablemente. Se giró para verse por detrás y demoró la vista en el hueco de la espalda, esa línea central que la recorre hacia abajo y que llegando a la cintura se hunde, se curva hacia dentro con suavidad para volver a sobresalir bajo las caderas, graciosamente. Así, en ropa interior, no tenía mal aspecto. Quizá su piel aún tersa y la firmeza de su carne fueran mejores que lo que se podía esperar a su edad, aunque le sobraban unos kilos que ella hubiera redistribuido sabiamente de haber tenido oportunidad.


Cogió un camisón de algodón, de tirantes, que tenía el aspecto de un vestido veraniego, y se lo fue vistiendo mientras abandonaba la habitación para dirigirse a la cocina. Allí conectó el horno que calentaría su plato único, dispuso el mantel, los cubiertos, el vaso ... sacó de la nevera una bolsa de ensalada de las que vienen cortadas y lavadas y puso la cantidad suficiente en una fuente. La aliñó y, al acabar, se dirigió al salón.


Allí, sentada en el sofá y con las piernas sobre la mesita, empezó a estirar y a hacer girar sus pies, en un movimiento que la reconfortaba y que ya formaba parte de su ritual de relajación. Mientras, su mente volvió a la escena increíble. Le parecía mentira que hubiera resultado tan simple, tan inesperadamente oportuno. Tantos años esperando ver la cara de la jefa de departamento desprovista de esa expresión de ser 'asquerosamente perfecta' que siempre la acompañaba; tantos diálogos tensos en los que, ni cargada de razones, había logrado resquebrajar un ápice su arrogancia; tantas discusiones frustradas ante unos oídos sordos a su capacidad de razonamiento ... y ahora, precisamente el día del cumpleaños de Aurora, se había producido la escena que había imaginado mil veces y de mil maneras, que había visualizado y retocado a su antojo rezando para que un día cobrara vida propia y pudiera contemplarla ...



Si, la puerta del departamento se abrió y apareció Diego. Aurora estaba tras de su mesa y ella del otro lado de la sala, entre la puerta y la mesa. Diego extendía el brazo mostrando en la mano derecha una pequeña bolsita de papel y, dirigiéndose a las dos, dijo:


- No hay tarta de cumpleaños que no lleve sus velitas para pedir un deseo mientras se las sopla.... Acabo de encontrar una pastelería que, pensando en personas discretas ... y coquetas, como tú, Aurora, fabrican velitas con números y otras con el signo del interrogante. Todo un detalle ¿eh? Me he permitido traer uno para tí ...





Aurora, de pie, sonriente y triunfal, cogió el paquetito mientras contestaba:


-No deberías haberte molestado, Diego. No sería sensato pedir más deseos teniendo tantos cumplidos ... pero te lo agradezco mucho. Tú siempre tan galante ...

-Eso sí, Aurora, despejaremos el misterio sólo a medias -repuso Diego-. Compré el 5 para el lugar de la decena, y dejaremos el interrogante en el lugar de las unidades .... nadie se atreverá a preguntar a la jefa.


Un silencio espeso, casi sólido, empezó a adueñarse de la estancia. La sonrisa congelada de Aurora se despeñó primero en las comisuras de sus labios, y luego derritió hasta la última chispa de alegría de sus ojos. Un titubeo de sus manos le impidió sujetar convenientemente el sobre, que cayó sobre los libros mientras se sentaba y miraba cómo Julia se dirigía despacio hacia la puerta, y, ya bajo su quicio, pronunciaba:

-Deberías haber hablado antes conmigo, Diego. Pero no os preocupéis; los dos cuatros que compraste el mes pasado para mi tarta de cumpleaños quedaron impecables. Le prestaré uno a Aurora, que al fin y al cabo sólo cumple uno más que yo ...


El timbre del horno la sacó de su ensoñación. Perezosamente decidió obedecer su llamada y, descalza, se dirigió lentamente hacia la cocina mientras tarareaba una melodía con la que, sin que fuera consciente, iba dando pasos de baile ...