martes, 6 de octubre de 2009

Relato 2:Teclas de acero.

Atravesó el bar con el paso titubeante de quien pisa suelo de cristal sobre un abismo. El humo escocía en el interior de sus ojos y el murmullo incesante, en ocasiones salpicado de altisonantes voces de hombres y mujeres que querían hacer valer sus razones, se colaba por sus oídos martilleando su cerebro, como un mecanismo automático que rítmicamente golpeaba sobre la masa de su materia gris. Hoy le dolía la cabeza; tanto, que estaba segura terminaría por vomitar. Una mezcolanza de olores flotaba en el ambiente, con proporciones desconocidas y variables de café, humo, sudor, licores, churros y humanidad, impregnando por dentro y por fuera a cuantos allí se congregaban y que dejaría un rastro indeleble durante horas en ropas y cabellos después de abandonar el local. Del glamour de antaño, cuando era un lugar de copas y melodías nocturnas, ya sólo quedaba un viejo piano adosado a la pared del fondo, entre los dos servicios.



El café Cifuentes era el lugar donde sin excepción tomaba el café con leche de media tarde, durante los quince minutos de descanso que su jefe le permitía disfrutar; ni uno más, pero tampoco uno menos, había pensado siempre ella. La parroquia se distribuía entre corrillos de hombres maduros que se citaban a diario para pasar un rato de café y tertulia; parejas de señoras maduras que se juntaban para merendar; oficinistas de ambos sexos que, en solitario o en agrupaciones diversas, hacían un alto en su jornada laboral; algún matrimonio con hijos que, después de realizadas las compras en el centro, sucumbía a su insistente petición de tomar un chocolate con churros, ... y en él tampoco faltaba el inevitable solitario, desconocido y callado, que sin embargo se había convertido casi en pieza fija del decorado.



El del café Cifuentes era un hombre de una cincuentena de años, alto, delgado y fibroso. Su cabello, corto y liso, blanqueaba en las sienes y patillas. Una tez curtida y morena parecía no casar con sus elegantes manos; de una de ellas colgaba siempre un maletín, de los de representante o vendedor. Vestía trajes de chaqueta gastados, aunque aún pulcros, y acostumbraba a no llevar corbata. Lucía dos, uno verde oscuro y otro gris, casi negro, que alternaba por semanas, quizá para poderlos llevar a limpiar. Solía sentarse en la mesa que estaba al lado de la cristalera central, desde donde se tenía una buena perspectiva de la calle, y pedía siempre un café sólo y una copa de aguardiente. Al entrar, y antes de tomar asiento, pasaba por el rincón de la barra donde era costumbre dejar la prensa; cogía el periódico que estuviera disponible y, ya en la mesa, comenzaba su lento pasar de páginas, siempre empezando por el final. En su camino desde la barra a la mesa, el camarero comprobaba a diario que la vista del hombre se posaba apenas sobre los titulares, mirándolos con descuido, y se dirigía repetida y mecánicamente hacia el ventanal, como si esperase ver llegar a alguien citado.
Si hubiera sido más y mejor observador también habría notado que, cuando ella avanzaba hacia la puerta del bar por la calle del Carmen, el hombre apuraba su copa, se levantaba y seguía con atención los últimos pasos que daba la mujer antes de empujar la puerta, y dirigiéndose hacia el rincón para devolver el periódico, emprendía el camino de salida, justo cuando ella comenzaba el de entrada, y avanzaban al unísono, pero en sentidos contrarios, frente a frente, hasta cruzarse y finalmente sobrepasarse. El rostro del hombre, tenso y anhelante la primera parte del recorrido, parecía perder estructura cuando se cruzaban, como si esperase algo que nunca ocurría, y al salir del bar llevaba en los ojos el tinte plomizo de la decepción. Si el camarero hubiera sido más y mejor observador también se habría dado cuenta de que esa tarde el hombre aún estaba allí, en la mesa, cuando la mujer entró.
Ella pidió su café con leche y se sentó a beberlo. Los primeros sorbos, dados ya sin convicción, obtuvieron de su estómago una queja amarga y tuvo la certeza de que iban a recorrer el camino de vuelta sin remedio. Se levantó desorientada y entró en el servicio para dejar a su estómago terminar lo que sin duda ya era inevitable. Mientras se lavaba las manos y se enjuagaba la boca, una melodía empezó a destacar por encima del murmullo monótono y conocido del bar. Esos compases parecían sonar no sólo en el ambiente; eran acompañados en el interior de su cabeza por un solista invisible, arrinconado durante cerca de treinta años en el desván de la memoria, pero que ahora se revelaba fácilmente recuperable. Un mecanismo extraño se disparó en su cerebro, y como adiestradas, un sinfin de piezas de un rompecabezas ya olvidado emprendieron un vertiginoso y certero baile que las colocó ante sus ojos formando la imagen lejana pero no perdida de un perdido amor. Entreabrió la puerta y por la rendija miró conmovida. El hombre tocaba con la cara vuelta en su dirección y a sus pies tendido, como perro fiel, descansaba el maletín de cuero, lustroso del uso. Ya no contenía bellas partituras ... Folletos, catálogos, listados de precios con fotografías de máquinas de escribir atestaban sus compartimentos...
Una certidumbre vino a despejar lo que durante años fuera siempre duda: de lo que fue, sólo quedaba un hombre sin luz, el futuro agostado en el vanal intento de hacer oir a otros música en el ruido de unas teclas de acero.

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