sábado, 3 de octubre de 2009

Relato 1: La velita.

Julia cerró la puerta tras de sí dejándose caer suavemente de espaldas sobre ella. Con la cabeza apoyada en la plancha de madera, alzó la vista al techo y se quedó mirando, sin ver, los pequeños focos halógenos incrustados que iluminaban el recibidor. Soltó el bolso en el mueble que tenía a su derecha y, sin despegarse aún de la puerta, sacó un pie del zapato de tacón alto que había estado martirizándolo durante horas y un leve gruñido de placer se escapó de su garganta; después hizo lo propio con el otro y, mientras una pícara sonrisa de adueñaba de su rostro y su mirada, inició el movimiento que la conduciría a su habitación, hacia la izquierda, dejando abandonados a su caer los zapatos, como restos mutilados de un todo al que pertenecían.


Fue quitándose la americana mientras daba los ocho pasos que la separaban de su cama y tiró la prenda sobre ella, sin excesivo cuidado, pero con la pericia que da la costumbre. Después se dirigió hacia el espejo de cuerpo entero que ocupaba el rincón del fondo. Siempre se vestía y se desvestía ante él, aunque muchas veces ni siquiera echaba una ojeada a la imagen que reflejaba.



Hoy sí; se colocó frente al doble de sí misma, mirando con detenimiento el aspecto, la figura, la expresión ... y comprobó que los ojos del azogue le devolvían la mirada con un brillo satisfecho. Se desprendió de la falda negra y recta y la dejó sobre la silla. Empezó a desabotonar una blusa blanca de las que se llevan por fuera y que rozan justo los huesos de la cadera, que entallaba con pinzas por detrás y por delante un talle con menos cintura de la que quisiera, pero que tenía el efecto de hacerla disminuir considerablemente. Se giró para verse por detrás y demoró la vista en el hueco de la espalda, esa línea central que la recorre hacia abajo y que llegando a la cintura se hunde, se curva hacia dentro con suavidad para volver a sobresalir bajo las caderas, graciosamente. Así, en ropa interior, no tenía mal aspecto. Quizá su piel aún tersa y la firmeza de su carne fueran mejores que lo que se podía esperar a su edad, aunque le sobraban unos kilos que ella hubiera redistribuido sabiamente de haber tenido oportunidad.


Cogió un camisón de algodón, de tirantes, que tenía el aspecto de un vestido veraniego, y se lo fue vistiendo mientras abandonaba la habitación para dirigirse a la cocina. Allí conectó el horno que calentaría su plato único, dispuso el mantel, los cubiertos, el vaso ... sacó de la nevera una bolsa de ensalada de las que vienen cortadas y lavadas y puso la cantidad suficiente en una fuente. La aliñó y, al acabar, se dirigió al salón.


Allí, sentada en el sofá y con las piernas sobre la mesita, empezó a estirar y a hacer girar sus pies, en un movimiento que la reconfortaba y que ya formaba parte de su ritual de relajación. Mientras, su mente volvió a la escena increíble. Le parecía mentira que hubiera resultado tan simple, tan inesperadamente oportuno. Tantos años esperando ver la cara de la jefa de departamento desprovista de esa expresión de ser 'asquerosamente perfecta' que siempre la acompañaba; tantos diálogos tensos en los que, ni cargada de razones, había logrado resquebrajar un ápice su arrogancia; tantas discusiones frustradas ante unos oídos sordos a su capacidad de razonamiento ... y ahora, precisamente el día del cumpleaños de Aurora, se había producido la escena que había imaginado mil veces y de mil maneras, que había visualizado y retocado a su antojo rezando para que un día cobrara vida propia y pudiera contemplarla ...



Si, la puerta del departamento se abrió y apareció Diego. Aurora estaba tras de su mesa y ella del otro lado de la sala, entre la puerta y la mesa. Diego extendía el brazo mostrando en la mano derecha una pequeña bolsita de papel y, dirigiéndose a las dos, dijo:


- No hay tarta de cumpleaños que no lleve sus velitas para pedir un deseo mientras se las sopla.... Acabo de encontrar una pastelería que, pensando en personas discretas ... y coquetas, como tú, Aurora, fabrican velitas con números y otras con el signo del interrogante. Todo un detalle ¿eh? Me he permitido traer uno para tí ...





Aurora, de pie, sonriente y triunfal, cogió el paquetito mientras contestaba:


-No deberías haberte molestado, Diego. No sería sensato pedir más deseos teniendo tantos cumplidos ... pero te lo agradezco mucho. Tú siempre tan galante ...

-Eso sí, Aurora, despejaremos el misterio sólo a medias -repuso Diego-. Compré el 5 para el lugar de la decena, y dejaremos el interrogante en el lugar de las unidades .... nadie se atreverá a preguntar a la jefa.


Un silencio espeso, casi sólido, empezó a adueñarse de la estancia. La sonrisa congelada de Aurora se despeñó primero en las comisuras de sus labios, y luego derritió hasta la última chispa de alegría de sus ojos. Un titubeo de sus manos le impidió sujetar convenientemente el sobre, que cayó sobre los libros mientras se sentaba y miraba cómo Julia se dirigía despacio hacia la puerta, y, ya bajo su quicio, pronunciaba:

-Deberías haber hablado antes conmigo, Diego. Pero no os preocupéis; los dos cuatros que compraste el mes pasado para mi tarta de cumpleaños quedaron impecables. Le prestaré uno a Aurora, que al fin y al cabo sólo cumple uno más que yo ...


El timbre del horno la sacó de su ensoñación. Perezosamente decidió obedecer su llamada y, descalza, se dirigió lentamente hacia la cocina mientras tarareaba una melodía con la que, sin que fuera consciente, iba dando pasos de baile ...

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