domingo, 18 de octubre de 2009

Relato 3: Arturo (o del altruismo)

Ya se veía venir. No hacía falta ser en exceso sagaz para predecir desde la escuela la clase de persona en que acabaría convirtiéndose Arturo. Su evolución, desde que amaneció a la vida social hasta su plena madurez, seguiría una trayectoria que, analizada hacia atrás, etapa a etapa, revelaría una lógica intrínseca, una coherencia que, por otro lado, quizá fuera inevitable. En general, el árbol en que nos convertimos no es más que el producto de la calidad de la semilla que alguien plantó y de la influencia que la tierra, el sol, la lluvia, la exposición a los vientos, la vegetación circundante y otros factores ejercen a lo largo del tiempo sobre ella. Sin embargo, hay semillas que contienen información genética de especies con una gran capacidad de aclimatación al medio, maleables, flexibles en sus exigencias,... diríase que inteligentes emocionalmente, y que nos sorprenden prosperando en lugares insospechados, aprovechando la mínima bonanza y devolviendo a quien las cuida el ciento por uno. Hay otras, por el contrario, exigentes e inflexibles que requieren del jardinero cuidados y esfuerzos sin fin, que parecen regodearse en ello y cuya longevidad, lejos de suponer recompensa, genera siempre el miendo de que pudiera truncarse por el más ligero error, manteniendo al cuidador en un constante sinvivir.




Si Arturo hubiese sido una planta, a esta última clase hubiera pertenecido sin duda. Estricto, desprovisto de elasticidad, hombre ahíto de certezas y despojado de dudas, presto a juicios y remiso a conceder cualquier absolucióna, desde siempre despertó en sus relaciones más admiración que atractivo, menos cariño que necesidad. Él no era consciente en exceso y, lejos de juzgarse mal, se sentía distinto: distinto y superior.



En la escuela, contemplaba desde la banda, tomando su bocadillo, cómo sus compañeros conseguían con sus piernas y un balón, malabares que él tomaba por milagros, tal juzgaba su dificultad. En esas edades, es sabido que de no contar con méritos deportivos, sólo la audacia, la gallardía, la gracia innata, la fuerza o la gran estatura procuran ante los pares un mínimo de respeto, de admiración o de popularidad. Arturo, gordito y más bien patoso, carecía de méritos deportivos, como carecía también de esas otras prendas del carácter y del físico que adornan a los líderes infantiles. Prudente, bajo, de rasgos más bien corrientes, callado, serio, refractario al humor, sensato, cauto y hostil a la fuerza bruta, sólo le quedó una baza para lograr tal respeto: la inteligencia, la memoria y la voluntad para el estudio; la facilidad para el razonamiento lógico y para la expresión escrita; la rapidez mental y la astucia verbal. Sabedor de sus carencias, pronto empezó a cultivar las que serían desde entonces sus mejores cualidades; quizá las únicas.





Desde la más tierna edad comprendió que esas virtudes, convenientemente gestionadas, podrían no sólo emular los logros que procuran aquéllas de las que carecía, sino incluso superarlos. En clase, asimilaba al detalle las explicaciones de los profesores, memorizaba sin el menor esfuerzo la materia de los exámenes, redactaba con corrección y era capaz de realizar exposiciones claras, ordenadas, lógicas y coherentes tanto para ofrecer opiniones, como para relatar acontecimientos reales o argumentar a favor o en contra de cualquier tesis. Sus compañeros, primero en la escuela y después en el instituto, le rendían el debido reconocimiento y era cuestión indubitable que Arturo, en materia de intelecto, no tenía rival. Así, era reclamado por todos para formar equipo con él cuando de competir en conocimientos se trataba; sus respuestas eran tomadas por dogma y no se consideraba siquiera la posibilidad de un error. Su verbo, tímido y torpe en sentimentales lides, se tornaba hábil, brillante y astuto en dialécticos combates y desarmaba de razones al oponente al instante, más por el dominio del vocabulario y de la técnica que por que le asistieran a él. Ello le resarció suficientemente del fracaso que, en cambio, ofreciera el panorama si lo que analizara fuera su popularidad a la hora de integrarse en actividades propias de esas edades: el deporte, salir al cine, relacionarse con el otro sexo, contar chistes, ... divertirse, en suma. Cuando de esto se trataba, se diría que de repente un velo de invisibilidad le cubría y sus compañeros solían arreglárselas perfectamente sin él.




Así transcurrió su adolescencia y parte de su juventud, cobijado de los rigores de la vida gracias a su pericia mental y verbal, que decidió afinar y enriquecer con el estudio del Derecho. Arturo dejó de ser un chico gordito para convertirse en un adulto tripón, moreno, de gesto adusto, sin cualidades para la seducción. Las mujeres, y antes las muchachas, no lograban sentir otra cosa que curiosidad ante su segura forma de hablar, su caudal de saberes, su cuidada expresión, y si cedían a salir una tarde con él lo hacían con el afán de descubrir algo más carnal y humano tras su perfección mental; sin embargo, por lo general no conseguía despertarles llama cercana al deseo, afecto, simpatía o cualquier otro sentimiento que no fuera producto de la razón. De no ser porque siempre tenía los apuntes más exhaustivos, la respuesta a cualquier duda o el tiempo y la voluntad para hallarla, la mejor fama académica y porque sus materiales tenían siempre la garantía de exactitud, posiblemente muchas de las personas que a lo largo de esos años se le acercaron, hubieran permanecido totalmente ajenas a su presencia.





El reconocimiento de esta situación le hacía sentir necesario, llama de luz entre tanta tiniebla. Le agradaba ser objeto de la consideración ajena por sus facultades intelectuales e, inevitablemente, su seguridad se retroalimentaba de ella; y sin embargo, no lograba devolver a quienes, de un modo u otro, le engrandecían el ego más que cierta conmiseración. Le costaba entender que lo que él lograba sin apenas esfuerzo fuera visto por otros como algo tan excepcional, y si por un lado se crecía, por otro no podía evitar pensar que, sin duda, se hallaba rodeado de necios, incapaces para el más mínimo pensamiento complejo, que se conducían cual ciegos en un laberinto cuando se trataba de interpretar razonamientos de dificultad superior al del funcionamiento del reloj de arena.





De este modo, oscilaba su ánimo entre la satisfacción de hallarse mejor dotado, envanecido, de saberse necesario y admirado, y la frustración de no encontrar sujeto por quien sentir lo que él despertaba en otros. Por otro lado, su misma lucidez le impedía acallar del todo el lamento que, alguna vez, empañaba sus razones y hacía crujir sus certezas. Había algún lugar en su interior que, pese al calor que la admiración procura a la vanidad de todo mortal, rezumaba frío y humedad. Un rincón profundo, oculto tras capas y capas de estudiada indiferencia y ensayada superioridad, una grieta que, pese a la escarcha que generaba su hálito helado, albergaba una parte cálida de sí mismo que latía en soledad ansiando conocer lo que, hasta los seres más simples y menos valorados por él, parecían obtener sin haber hecho más méritos.



Ya en el mundo laboral, perdida la cercanía de compañeros prestos a conceder a su ego el alimento que ya se le había tornado imprescindible; enclaustrado en despachos donde todos se dedicaban a lo mismo y entre los que destacar resultaba menos simple; reducido el círculo de personas con las que tratar a diario y cuyo trato, además, se veía muy influenciado por parámetros económicos y de éxito social; convertida en obligación una brillantez que los clientes pagaban para obtener y por tanto, ni agradecían ni admiraban, Arturo llegó a sentirse como un actor relegado a la inactividad, sin público, sin aplausos, sin ¡bravos! que resonaran en los flecos del telón. Sin duda, pensó, ése era el quid del asunto: sus cualidades ya no le reportaban la satisfacción de antaño, porque ahora cobraba por lo que con ellas conseguía.



Tras las jornadas laborales, volvía a casa vacío, huérfano de ese calor que tanto había templado sus años de soledad, y enfrascábase navegando, marino de ordenador. Y una cosa llevó a otra.


Dedicar sus horas libres a ayudar a los demás le mantendría ocupado, potenciaría su lado generoso y solidario, permitiría a mucha gente resolver asuntos que por estrechez económica no podía encargar a profesionales al uso ... Sí, un consultorio legal, gratuito y virtual, haría bien a muchísimos seres humanos a los que ni siquiera conocía ... por ellos, sólo por ellos, sacrificaría el tiempo y realizaría el esfuerzo que hiciera falta ... como antes, como siempre, ... sus cualidades otra vez al servicio de tantos que no las tenían.



Y así fue como Arturo halló su camino en la vida. Sin duda, hay personas que nacen predestinadas para ese tipo de altruismo (que más beneficia a sí mismos que a los demás).

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