sábado, 14 de noviembre de 2009

Francisco de Quevedo y El Buscón.




Acabo de levantarme. He desayunado mientras, por la ventana, iban desfilando esa especie de nebulosas que avanzan increíblemente rápido al tiempo que van dejando una capa de menuda lluvia sobre tejados, árboles y asfalto. Cuando esto ocurre, y la niebla se disipa, parece que una madre amorosa ha pasado la esponja sobre la cara del paisaje y le ha peinado con raya, así de limpio y esmerado luce.



Y como no hay dos sin tres, después de levantarme y desayunar, he conectado esta máquina que se ha convertido un poco en vicio, ventana por la que asomarnos a otros paisajes. Últimamente visito a menudo el blog 'Las esquinas del día', de Luis Valdesueiro. Acabo de leer su última entrada: 'Quevedo: migajas sentenciosas (1)' y no he podido evitar que regresara a mi mente, tirando del hilo, una escena ya lejana.



No sé si corría el año 1972 o el 1973, ni me apetece empezar a echar cuentas (aunque bien fácil sería). Yo estudiaba 5º curso de EGB, en un colegio de Barcelona. Teníamos un libro de lecturas, para el área de Lengua, que una o dos veces por semana utilizábamos para practicar la lectura comprensiva y expresiva, y sobre cuyos relatos, poesías, fragmentos de novelas o de obras de teatro... realizábamos a continuación un pequeño diálogo y unos ejercicios.



En ese libro vi por vez primera el nombre de Francisco de Quevedo. La lectura era un fragmento de El Buscón. En él, describía las penurias alimentarias sufridas en los tiempos en que estuvo a pupilaje como criado de D. Diego Coronel en casa de un tal licenciado Cabra que tenía por oficio criar hijos de caballeros. He buscado el fragmento aproximado de que debía tratarse (mis disculpas por tan largo anexo, lo he puesto sólo para quienes quieran volverlo a disfrutar; sáltese en otro caso):





Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla hética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.
A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá; comían los amos primero y servíamos los criados.Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:

-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.

Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:

-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.

-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:

-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.

Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:

-Conforta realmente, y son cordiales.

Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:

-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.





Recuerdo claramente la sorpresa que el 'extraño' lenguaje me produjo tanto como la sensación de comicidad. Leíamos y una sonrisa inevitable se iba dibujando en las caras de la mayoría de nosotros según íbamos captando la hipérbole de sus descripciones, las hilarantes comparaciones, la peculiar forma de mostrar la más absoluta miseria desde una óptica de humor y de ironía.



En ese libro leí también por vez primera poesías de Antonio y Manuel Machado, de Gabriel y Galán, fragmentos de El Lazarillo, de Platero y yo ... y quedaron en mi memoria asociados a momentos de disfrute y de descubrimiento de un placer distinto: el de leer algo que no fuera estrictamente un libro de texto. Creo que, hasta esa fecha, en mi casa sólo me habían comprado un par de libros (Mujercitas y Guillermo Tell), pero en una edición tan ascética de imágenes y color que nunca me resultaron lo suficientemente atractivos. La maestra de ese curso creó una pequeña biblioteca de aula y, una tarde a la semana, podíamos dedicarla a la lectura de los libros que la componían o a la práctica del ajedrez. Allí me 'enganché' a la saga de 'Los cinco', de Enyd Blyton. Sin embargo, fue el libro de lecturas el que realmente me descubrió el nombre de autores que, más tarde, conocería como algunos de los más importantes de la literatura española.



Jamás olvidé el nombre de Quevedo ni el de El Buscón. Algunos años más tarde tuve ocasión de leer, completa, esta obra y otras que entonces eran obligatorias en el desaparecido BUP: La Celestina, El Lazarillo de Tormes, Niebla, algún Episodio Nacional, poesía de Machado, teatro de Calderón ...



Me pregunto si los maestros de entonces tendrían un don especial para hacer que disfrutásemos leyendo. Me pregunto también si algo ha cambiado en los niños para hacerlos ahora incapaces de abordar, a los diez u once años, alguna literatura que no sea absolutamente infantil o juvenil. Quizá lo verdaderamente importante sea sólo leer ... ¡pero es tanto lo que se deja de descubrir si no miramos hacia atrás en literatura!



En fin ... desde aquí mi agradecimiento a Luis Valdesueiro por traer a mi memoria recuerdos tan gratos y entrañables. Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo el título de ese libro ... ¡qué cosas tiene la memoria!

4 comentarios:

Luis Valdesueiro dijo...

Gracias a ti, y, sobre todo, gracias a Quevedo, escritor complejo y sorprendente donde los haya.
Saludos

zim dijo...

Bienvenido, Luis. Ya ves que en ésta, tu casa, podremos estar siempre a solas ... jajajaja.

Intentaré amueblarla con sillones confortables y ricos aperitivos, a ver si así ... :))))

Muchas gracias por tu comentario.

Anónimo dijo...

Acabo de añadir el feed a mis favoritos. Me gusta mucho leer sus mensajes.

zim dijo...

Muchas gracias, Anónimo. Tu comentario había sido tomado como spam, así que hasta ahora mismo no lo he visto.
Como ves, escribo poco, a golpe de impulso; unas veces dura un mes, otras desaparece varios meses ... Tus comentarios serán siempre bienvenidos y enriquecerán este lugar tan poco frecuentado. Un saludo.