lunes, 9 de noviembre de 2009

La Lengua, esa gran desconocida.






Nuestra forma de expresarnos, verbalmente o por escrito, es la segunda tarjeta de presentación que ofrecemos en cuanto nos damos a conocer. La primera, obviamente, es nuestro aspecto externo.




Nadie tiene dudas sobre la influencia que éste último tiene en el juicio que nuestros interlocutores se hacen de nosotros en cuanto nos ven. Es por ello que cada vez estamos más preocupados por ofrecer un aspecto saludable y cuidado, y atendemos todos los detalles que pueden contribuir a mejorarlo, desde la figura física y la vestimenta, hasta la manicura, la peluquería y la estética dental.




La forma en que nos expresamos es, en cambio, más reveladora de nosotros mismos, puesto que está emparentada con nuestro grado de formación y nuestra sensibilidad, sin que pueda ser tan fácilmente manipulada a voluntad en aras a una mejor apariencia. Es decir, no es tan factible discurrir en sentido ascendente por la escala de la 'buena expresión' como por la de la 'buena apariencia', pues la primera exige necesariamente cierta dedicación y trabajo, difícilmente sustituíbles a golpe de talonario.




Expresarse bien requiere dominar un idioma y, al mismo tiempo, contribuye a organizar la mente y el razonamiento, sin que sepa decir a ciencia cierta quién alimenta a quién. Cuanto más vocabulario se tiene, más matices se pueden expresar (y descubrir). Cuanto más profundo es el conocimiento de la puntuación, más exactitud es posible alcanzar en la expresión, y más identidad se logra entre lo que se piensa y aquello que se expresa. La lengua tiene algo de matemático, de científico. Existen normas que funcionan con la exactitud de un algoritmo y cuyo incumplimiento lleva, indefectiblemente, al error. Y error, en este caso, es toda situación en que lo expresado no concuerde con lo pensado, o lo entendido no concuerde con lo leído.




Soy maestra y sé que la formación es cada vez más multidisciplinar. Sé también que resulta muy impopular establecer categorías en las que catalogar las diferentes áreas (o asignaturas) en función de su supuesta importancia y su peso específico en la educación de las personas. Sin embargo, me resulta imposible sustraerme a la certidumbre de que el lenguaje es la herramienta básica, imprescindible, fundamental para poder crecer. Ahora que está tan de moda, podríamos decir que tiene un tremendo poder interactivo con la mente del individuo: la moldea, la 'complica', contribuye a imponer estrategias lógicas, a instaurar orden en el razonamiento ... y, por otro lado, la dota de recursos de expresión emocional, dando nombre a las sensaciones, facilitando el conocimiento propio, dotando de herramientas para la creatividad, poniéndose al servicio del individuo y permitiéndole extraer de sí mismo arte o poesía. Además, el desarrollo de esta capacidad se suele ampliar en progresión geométrica, y su influencia en cualquiera de las otras facetas de la formación es siempre incuestionable, alcanzándolas siempre porque se extiende como las ondas en el agua al arrojar una piedra. El dominio que del lenguaje adquiere un individuo condiciona su formación, tanto humana como académica, del mismo modo que la condiciona su extracción social, su capacidad intelectual o su situación emocional.




Siendo así las cosas, no me queda otra conclusión que la de creer que el área del lenguaje debiera ser, al menos en etapas iniciales de la formación, aquélla a la que se dedicara el mayor número de recursos (horarios, materiales, humanos y económicos). Hablar a los niños, desde el principio, con la máxima riqueza léxica que sean capaces de asumir, acompañarlos en el descubrimiento de un 'utensilio' tanto más eficaz cuanto más variado y exacto sea, insistir en que, en este caso, el mejor jugador es aquel que no deja nada a la interpretación, es parte de una tarea que, por otro lado, aparece como inabordable. Soy maestra, pero me resulta difícil proponerme siquiera este objetivo. Cuando atiendo a chicos y chicas de tercer ciclo de E. P., tengo que interrumpir la explicación cada seis palabras para explicar el significado de una de ellas, tengo que ayudarles a interpretar los enunciados, tengo que descubrirles que, cada vez que escriben, la mayor parte del contenido que creen estar expresando lo están dando por sentado, y demostrarles que, careciendo de la información previa que ellos están presuponiendo, es imposible entender casi nada de lo que escriben.




Es terrible el nivel ortográfico que tiene la sociedad en general, pero estimo menos grave el error cometido al segmentar palabras a final de línea o la omisión de las tildes que la imposibilidad de entender o hacerse entender. Quien no alcanza unos mínimos en el manejo del lenguaje no deja de estar aquejado de una minusvalía, y quizá de un tipo que le impedirá alcanzar más objetivos que las minusvalías a las que realmente tememos.




Esta entrada me la ha sugerido la lectura del blog "A pie de aula", en su artículo 'Faltas y delitos ortográficos'. La imagen que la ilustra pretende ser una metáfora: si no entiendes ni te haces entender, entonces no ves, no oyes, no hablas ...

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