lunes, 23 de noviembre de 2009

Peluquería ¿sí, no?... Pues no.





Las clasificaciones y catalogaciones son algo muy personal y pueden fundamentarse en los motivos más insospechados. Hace muchos años (muchísimos) que divido a las mujeres en dos grupos: las que salen contentas de la peluquería y las que no. ¿Adivinen a cuál pertenezco?.


Pues sí, han dado en el blanco. No recuerdo una sola ocasión en que haya quedado satisfecha y luciendo una sonrisa confiada al abandonar uno de estos lugares encargados de la mejora de nuestro aspecto. Envidio, siempre he envidiado, al otro grupo de mujeres: aquéllas que, ante una ocasión especial, no tienen más que dirigirse a su peluquero para estar seguras de lucir el mejor de los aspectos en el momento adecuado. No me digan que no es como tener una varita mágica.


Pues no señor. Yo espero mi turno, padezco cuantos calvarios sean de rigor para alcanzar el tan ansiado objetivo (extender la pasta de los reflejos, esperar su efecto, lavar -¿es lavar esa fricción enconada?-, matizar, volver a aclarar, mascarilla, nuevo aclarado, desenredado, corte, secado...), pago religiosamente y sin gesto de dolor (tengo adiestrado el rostro para que no se cosque a la hora de pagar -si no, estaría en perpetua mueca dolorosa-) y, resignada, asiento cuando el/la profesional en cuestión me espeta: -¿Te ha quedado bien, eh?.


-¡¡¡PUES NO, NO y MIL VECES NO!!!, -me entran ganas de gritarles-. Yo me veo siempre rara, y no encuentro que las puntas de mi melena tengan el aire que veo en otras melenas, ni mi flequillo luce tan natural, ni me parece que haya rejuvenecido, ni nada de nada... No puedo contar con los peluqueros para nada, porque no consiguen conmigo metamorfosis de ninguna clase (si no es a peor). Voy porque me tengo que cortar el pelo y tengo que darle color. Voy por obligación, por necesidad, por eso voy. Que se enteren ya.


Pues nada, que hoy he ido (vamos, era ya imposible dejarlo más) y ... lo de siempre: llegar a casa, cepillar por aquí, cepillar por allá, deshacer esto y si hace falta ... por la mañana volver a lavar, a ver si podemos borrar la huella del profesional.


En fin, cruces hay peores (supongo).


PS: que no, ya lo he probado, me pasa en todas (por si se les ocurre la sugerencia) ... ¡ah! y sí, conozco a otras dos que les pasa lo mismo (somos esas tres que en las bodas destacamos ... por lo naturales).


4 comentarios:

Luis Valdesueiro dijo...

Tal como lo cuentas, más se parece a un suplicio, y me ha recordado al dentista antes que al peluquero. Se ve que los hombres lo tenemos más fácil (y los calvos aún mas, que esos son libres del todo).
Saludos

zim dijo...

El suplicio sería lo de menos si una saliera auténticamente contenta ... Es cierto que los hombres lo tenéis más fácil en ese terreno. Además, ahora ya casi no hay calvos, sois 'rapados'. Esa moda ha venido a ser la salvación de muchos jóvenes alopécicos (y no tan jóvenes). Saludos repeinados.

Miguel dijo...

¡Hola! yo entiendo tu problema. Á mí también me pasaba algo parecido. Siempre que venía del peluquero lo primero que hacía era deshacerme el pelo y volverme a peinar. Claro que esto era cuando era joven y contaba con una voluminosa melena. Pero ahora, que con cincuenta cumplidos, tengo ciertos problemas de alopecia (¡no, calvo no estoy, tengo entradas...!) un día tuvo la ocurrencia mi mujer de decirme que me lo rapara a la moda. Y oye... mano de santo. Voy a la moda, disimulo mi cuasi calvicie, no me tengo que hacer el pelo, y encima, salgo de la peluquería contento.
Yo creo que todo es cuestión de paciencia. Ya llegará ese día en que encuentres tu toque.

Un saludo.

zim dijo...

Vaya, qué sorpresa. Jaja, estoy tan acostumbrada a andar por aquí en zapatillas que no me había dado cuenta que tengo visita.
Bienvenido, Miguel. Me alegra que te sientas bien con el sistema del rapado. Creo que a mí no me favorecería. En fin ... esta no es mi mayor preocupación, por desgracia.
Saludos cordiales.