viernes, 25 de diciembre de 2009

La mirada






Hoy quiero agradecer cuanto tengo, e incluso el haber tenido cuanto perdí.



Hoy pido sólo un deseo: conservar esta misma mirada. Que nada la distraiga ni la confunda, para que mi paisaje esencial siga pareciéndome siempre un valle tranquilo de fértiles tierras. Que sea capaz de abarcar hasta la línea del horizonte sin detenerse en la flor marchita, en la rama tronchada o el charco sucio, y así apreciar la armonía del conjunto, no menoscabada por las pequeñas imperfecciones. Y pido también justo lo contrario: que cuando el conjunto parezca plomizo y carente de vida, las minúsculas imágenes perfectas en que se pose de vez en vez, sirvan para iluminar la escena y mantengan mi interés por seguir mirando.



Pido el don de saber mirar, para poder ver.


miércoles, 16 de diciembre de 2009

Halagos




Acabo de leer la entrada 'D. Quijote busca halagos', en el blog de Luis Valdesueiro, y no he podido evitar la reflexión: ¿cuántas de nuestras acciones, de nuestras palabras, incluso de nuestra omisiones y de nuestros silencios, tienen en realidad como objeto o como motor arrancar de labios ajenos unas palabras, no sólo amables, sino halagüeñas?, ¿buscamos todos el mismo tipo de halagos?, ¿los buscamos por las mismas motivaciones?


Pocos pueden presumir de ser sordos a los halagos. Nuestro yo suele ser un voraz devorador de estas 'sustancias'. Las preferencias deben depender de la edad, de la personalidad, de las carencias,... Sin embargo, como ya he comentado allí, dicho alimento suele (al menos puede) conducir al error de hacernos confundir ser halagados con ser queridos.


La vida (no hay libro más intenso ni más firme maestro) suele acabar por aclararnos que, al final, lo más halagador nunca fueron las palabras amables que nos dedicaron generosos labios, sino el calor de los brazos que nos estrecharon, la fortaleza del hombro que nos sustuvo y sobre el que lloramos, el oído y la mirada atentos de quienes nos escucharon incluso aunque no tuvieron nada halagador que decirnos (o quizá por ello).


Nada halaga tanto como que, entre tantas y tan variadas opciones, unas cuantas personas le escojan a uno (a una) para compartir su tiempo, su conversación o su risa. Resultar ser una buena compañía es lo más halagador que nos puede ocurrir (supongo).

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Charcas y estanques



¿Por qué me ocurrirá que las vidas de la gente que me rodea me las imagino más sencillas, menos intrincadas que la mía propia? Casi siempre que me encuentro en uno de esos 'vericuetos' que acechan a la vuelta de cualquier esquina y te complican la existencia momentánea (sin necesidad de que sean tragedias y dramas de antología), no puedo evitar mirar a mi alrededor y pensar que los demás tienen menos complicaciones y viven más tranquilos.


La vida propia, vista con la cercanía de lupa de un entomólogo (que es como la vemos y conocemos sin más remedio), es como esas imágenes obtenidas por microscopios de altísima potencia, en las que la más aterciopelada piel de un bebé muestra un aspecto obsceno, plagada de ácaros y partículas indescriptibles que borran de un plumazo la posible identidad entre lo que, como concepto, guardamos en mente y reconocemos como 'piel de bebé' y lo que se ofrece a nuestros ojos merced al artilugio en cuestión.


Mis ojos (miopes, astigmáticos e incluso presbíc... -que tienen presbicia, y no conozco el adjetivo-) contemplan las vidas ajenas cual envidiables estanques en cuyas aguas mis conocidos se dejan mecer, ajenos a las minúsculas miserias y mezquindades que, sin prisa pero sin pausa, transitan por la mía, más charca 'vulgaris' que otra cosa. Y aunque en mi charca cantan las ranas, y colorea algún nenúfar, y también viven peces, el agua en ocasiones parece turbia y flotan residuos alguna vez.


Sus estanques, en cambio, se me antojan limpios y transparentes, como si en sus profundidades no se hubiera ocultado jamás el viejo monstruo del lago Ness, con su capacidad para remover cienos que enturbien no sólo la vista, sino a veces la propia seguridad y el propio equilibrio.


Y total, todo esto, porque se acerca la Navidad ...


domingo, 6 de diciembre de 2009

¿Iguales?

a


Qué bonita frase: todos somos iguales ante la ley, con los mismos derechos y los mismos deberes. Yo también la repito, y con convicción se la ofrezco a mis pequeños alumnos como precioso logro de estos tiempos modernos, como símbolo del advenimiento de la razón y de las más altas cotas de civilidad alcanzadas por unas sociedades que abandonaron la fuerza bruta o el poder del dinero por el camino, y que guiados por la luz de la justicia y de la equidad, alumbraron (en sus dos sentidos) un pacto entre iguales capaz de enaltecerlos a todos.


Y sin embargo, qué lejos de la realidad. Cuánta literatura, articulada y bien orquestada, pero papel mojado para tantos y tantos. Por algo hay que empezar, claro. Reconocer los derechos de todos los hombres, sin distinciones, ya es algo sí señor. Pero para muchísimos ciudadanos, que la Carta Magna tenga por asentado su derecho al trabajo y a una vivienda digna, que recoja su derecho a la suficiencia económica durante la tercera edad, que manifieste su derecho al acceso a la cultura y a la educación, que instituya su derecho a la proteccion de su salud, que garantice su derecho al honor, la intimidad o la propia imagen, que establezca la igualdad del hombre y la mujer en la sociedad en general y en el seno del matrimonio en particular ... todo ello, decía, con serles imprescindible, no les resulta suficiente. No deja de ser, para muchos, como un título nobiliario heredado y guardado en un cajón, pero del que no se ha derivado beneficio alguno, que no sea poco menos que honorífico.


En la vida real y cotidiana, hay tantas categorías de ciudadanos y con tan distinto acceso a todos esos derechos (e incluso a todos aquellos deberes), que cuesta creer que existan tantos, por escrito y con el mayor de los rangos. Esta vida es una especie de tómbola en la que no todos llevamos las mismas probabilidades de alcanzar un premio. Del mismo modo que es un golpe de suerte nacer en el primer mundo en lugar de en el tercero, habrá que reconocer que no todas las cunitas españolas auguran un destino respetuoso con los derechos de sus flamantes criaturas, por más que todas ellas lleguen amparadas por una misma Constitución.


Quién pudiera llegar a afirmar, sin asomo de duda, que la igualdad es un hecho y no sólo un derecho. O, siquiera, acercarse a ello.



viernes, 4 de diciembre de 2009

Cócteles





Somos un cóctel (algunos, sin duda, muy explosivo) del licor de la herencia y los licores del ambiente. En la receta, cuál es la proporción de cada ingrediente no viene claramente determinado. Yo, que como barman (¿mejor sería barwomen?) no sé si tendría precio, ando pensando que, si tuviera en la coctelera la dosis de 'talento' genético asignada y pretendiese obtener el mejor trago, el más exquisito y equilibrado, sin poder añadir líquido más que de una botella, no sabría si cargar más la copa con el frasco de la formación o hacerlo con el de la posición socioeconómica.



Quizá alguien me saque de dudas y sepa aportar razones que me aclaren si la suma de herencia más excelente formación da mejor resultado que la de herencia más excelente posición . O, dicho de otro modo, ¿cultivan y enriquecen más un intelecto medio las posibilidades que ofrece una saneada economía, con su cohorte impagable de relaciones, viajes y vivencias, o quizá el estudio y la formación académicas, aun llevadas a cabo en medio de estrecheces y necesidades, tienen la virtud de despertar la sensibilidad, de aguzar la capacidad crítica, de ejercer de constante interpelador a la razón, espoleando el pensamiento?


No vale decir que la mezcla de la más adecuada dosis de cada una de las tres cosas (genes, formación y posición) es el camino para obtener el buen cóctel, porque eso no me lo permiten. Los genes ya los tenemos, ahora hay que escoger: ¿formación o posición? ¿qué debería poner?

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Elegía



Tengo que hacerlo, porque te lo prometí. Hoy lo cumplo, aunque ya no tenga valor.


La ocasión era festiva para nosotros y te dije: 'te escribiré unas palabras cuando tú te vayas'. Aunque ahora queda estúpidamente pretencioso decirlo, tal como terminé de pronunciar la frase, algo crujió en mi cerebro (como chirrían los errores ortográficos) como afeándome haber usado ese verbo. Me quedé un momento pensativa, reconociendo que debería haber usado otro más apropiado a lo que ambos nos referíamos, más exacto pero más relativo. No usé entonces el verbo 'ir' en el sentido absoluto e irrevocable que, escasos 15 días más tarde, adquiriría. Y no, no es ese el único detalle extraño que he hallado en mi memoria cuando repaso esos días, cuando rebobino en un intento inútil pero irreprimible de atrapar un tiempo ya para siempre pretérito, pretérito perfecto, pluscuamperfecto, pretérito absoluto. Pero para qué reinterpretarlo ya. No hubo tiempo para el adiós y eso nada podrá cambiarlo, aunque los hechos acaecidos, a toro pasado, puedan ser interpretados como una premonitoria despedida. Te fuiste, como Ramón Sijé, arrebatado,



Un manotazo duro,
un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.



Y nada ha vuelto a ser lo mismo. Aunque todo tenga la osadía de intentarlo, aunque la vida recupere sus dominios, como recupera un torrente su terreno cuando llega la crecida, no podrá ya ser lo mismo. Y todo es peor, porque te has ido, pero todo es mejor, porque has estado. Y yo no encuentro palabras para explicarlo, ni tampoco razones para hacerlo, ni hay ya receptor para recogerlo. Ya no hace falta contar cómo eras ni cómo te encontraba yo. Ya no es preciso decir cómo duele esta ausencia y cuán extraño resulta que todo pueda continuar y dejar patente, con saña, que nadie es imprescindible.



Yo cuido la planta que sembraste tres dias antes, y la abono y la contemplo, reliquia viva y verdosa. Cada mañana, de frente sobre mi ordenador, tu sonrisa limpia, ancha y contagiosa me dirige una palabra, y el efecto que provoca, irremediable, es arrancar de mis labios otra con que corresponderte, como un susurro en voz queda. Y esa sonrisa no se me borra en un buen rato, y se dibuja y se vuelve a dibujar cada vez que pienso en ti, invariable, impenitente.




Que yo no quiero escribirte; lo que quisiera es hablarte o creer que tú lo escuchas. Lo que quisiera es haber podido abrazarte. Lo que quisiera es creer que estos versos cuentan algo posible



volverás a mi huerto y a mi higuera
por los altos andamios de las flores,
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irán, a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas...
del almendro de nácar te requiero;
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.



Que yo quisiera creerte dormido y cantarte bajito esta nana ... porque sé que te gustaba Miguel Hernández.