miércoles, 2 de diciembre de 2009

Elegía



Tengo que hacerlo, porque te lo prometí. Hoy lo cumplo, aunque ya no tenga valor.


La ocasión era festiva para nosotros y te dije: 'te escribiré unas palabras cuando tú te vayas'. Aunque ahora queda estúpidamente pretencioso decirlo, tal como terminé de pronunciar la frase, algo crujió en mi cerebro (como chirrían los errores ortográficos) como afeándome haber usado ese verbo. Me quedé un momento pensativa, reconociendo que debería haber usado otro más apropiado a lo que ambos nos referíamos, más exacto pero más relativo. No usé entonces el verbo 'ir' en el sentido absoluto e irrevocable que, escasos 15 días más tarde, adquiriría. Y no, no es ese el único detalle extraño que he hallado en mi memoria cuando repaso esos días, cuando rebobino en un intento inútil pero irreprimible de atrapar un tiempo ya para siempre pretérito, pretérito perfecto, pluscuamperfecto, pretérito absoluto. Pero para qué reinterpretarlo ya. No hubo tiempo para el adiós y eso nada podrá cambiarlo, aunque los hechos acaecidos, a toro pasado, puedan ser interpretados como una premonitoria despedida. Te fuiste, como Ramón Sijé, arrebatado,



Un manotazo duro,
un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.



Y nada ha vuelto a ser lo mismo. Aunque todo tenga la osadía de intentarlo, aunque la vida recupere sus dominios, como recupera un torrente su terreno cuando llega la crecida, no podrá ya ser lo mismo. Y todo es peor, porque te has ido, pero todo es mejor, porque has estado. Y yo no encuentro palabras para explicarlo, ni tampoco razones para hacerlo, ni hay ya receptor para recogerlo. Ya no hace falta contar cómo eras ni cómo te encontraba yo. Ya no es preciso decir cómo duele esta ausencia y cuán extraño resulta que todo pueda continuar y dejar patente, con saña, que nadie es imprescindible.



Yo cuido la planta que sembraste tres dias antes, y la abono y la contemplo, reliquia viva y verdosa. Cada mañana, de frente sobre mi ordenador, tu sonrisa limpia, ancha y contagiosa me dirige una palabra, y el efecto que provoca, irremediable, es arrancar de mis labios otra con que corresponderte, como un susurro en voz queda. Y esa sonrisa no se me borra en un buen rato, y se dibuja y se vuelve a dibujar cada vez que pienso en ti, invariable, impenitente.




Que yo no quiero escribirte; lo que quisiera es hablarte o creer que tú lo escuchas. Lo que quisiera es haber podido abrazarte. Lo que quisiera es creer que estos versos cuentan algo posible



volverás a mi huerto y a mi higuera
por los altos andamios de las flores,
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irán, a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas...
del almendro de nácar te requiero;
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.



Que yo quisiera creerte dormido y cantarte bajito esta nana ... porque sé que te gustaba Miguel Hernández.






6 comentarios:

Luis Valdesueiro dijo...

"... todo es mejor, porque has estado": en esa frase se adivina claramente el sentido -si alguno tiene- del dolor que nos dejan las pérdidas.
Saludos

zim dijo...

Gracias por tu visita, Luis.

Fernando Manero dijo...

Excelente reflexión al calor del poema inmenso del poeta de Orihuela. No es fácil ordenar las ideas con tanta sensibilidad para describir un estado de ánimo que invita a tener en cuenta todas las ideas en él vertidas. Enhorabuena

zim dijo...

Muchas gracias; seguramente gran parte del mérito lo tiene la sensibilidad de quien lee y el efecto contagioso de las palabras del poeta, que no las mías.
Bienvenido, Fernando.

Javier dijo...

Preciosas palabras, Zim, no sólo las de Miguel Hernández. Al leer sientes que la emoción te embarga, quizá porque todavía esté extremadamente sensible. Además, me viene a la mente la adaptación de Serrat. Creo que voy a escucharla de nuevo...
Saludos.

zim dijo...

Gracias, Javier. Es curioso que, para los hondos sentimientos, nos parece no encontrar nunca palabras que puedan hacerles justicia ...