domingo, 6 de diciembre de 2009

¿Iguales?

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Qué bonita frase: todos somos iguales ante la ley, con los mismos derechos y los mismos deberes. Yo también la repito, y con convicción se la ofrezco a mis pequeños alumnos como precioso logro de estos tiempos modernos, como símbolo del advenimiento de la razón y de las más altas cotas de civilidad alcanzadas por unas sociedades que abandonaron la fuerza bruta o el poder del dinero por el camino, y que guiados por la luz de la justicia y de la equidad, alumbraron (en sus dos sentidos) un pacto entre iguales capaz de enaltecerlos a todos.


Y sin embargo, qué lejos de la realidad. Cuánta literatura, articulada y bien orquestada, pero papel mojado para tantos y tantos. Por algo hay que empezar, claro. Reconocer los derechos de todos los hombres, sin distinciones, ya es algo sí señor. Pero para muchísimos ciudadanos, que la Carta Magna tenga por asentado su derecho al trabajo y a una vivienda digna, que recoja su derecho a la suficiencia económica durante la tercera edad, que manifieste su derecho al acceso a la cultura y a la educación, que instituya su derecho a la proteccion de su salud, que garantice su derecho al honor, la intimidad o la propia imagen, que establezca la igualdad del hombre y la mujer en la sociedad en general y en el seno del matrimonio en particular ... todo ello, decía, con serles imprescindible, no les resulta suficiente. No deja de ser, para muchos, como un título nobiliario heredado y guardado en un cajón, pero del que no se ha derivado beneficio alguno, que no sea poco menos que honorífico.


En la vida real y cotidiana, hay tantas categorías de ciudadanos y con tan distinto acceso a todos esos derechos (e incluso a todos aquellos deberes), que cuesta creer que existan tantos, por escrito y con el mayor de los rangos. Esta vida es una especie de tómbola en la que no todos llevamos las mismas probabilidades de alcanzar un premio. Del mismo modo que es un golpe de suerte nacer en el primer mundo en lugar de en el tercero, habrá que reconocer que no todas las cunitas españolas auguran un destino respetuoso con los derechos de sus flamantes criaturas, por más que todas ellas lleguen amparadas por una misma Constitución.


Quién pudiera llegar a afirmar, sin asomo de duda, que la igualdad es un hecho y no sólo un derecho. O, siquiera, acercarse a ello.



6 comentarios:

Luis Valdesueiro dijo...

La igualdad, como deseo, sobrevuela la diferencia; la diferencia, como realidad, sofoca la igualdad deseada. Al margen de metafísicas, el tema es peliagudo y, ay,duradero. Tarea de siglos.
Saludos.

zim dijo...

Tienes razón, Luis. Pero las tareas de siglos me provocan mucha pereza y no menos desconfianza. Esperemos que ese deseo nunca se canse de agitar las alas ...

Miguel dijo...

La igualdad es una utopía. Ya se encarga la sociedad de que esto no sea así, y que los más "listos" sean más iguales que los que siguen las normas de pe a pa. No sé si el paso del tiedmpo remediará esta desigualdad.

Un saludo.

zim dijo...

Quizá lo único imprescindible sea seguir caminando en esa dirección, a sabiendas de que el camino puede no acabar nunca ... Y puede que incluso, esos a quienes citas, dejen de ser considerados listos ¿quien sabe?
Un saludo, Miguel.

Kim Basinguer dijo...

Todos somos iguales, eso es lo que debe ser, y para conseguirlo hace falta gente como tu, que se lo enseñe a otros...para intentar que no hagan que seamos diferentes.

zim dijo...

Gracias, Kim, por suponer que lo enseño. No estoy tan segura. Todos tenemos ramalazos que nos hacen actuar, hablar o incluso omitir, olvidando esa supuesta igualdad. Sin embargo, bien está defenderla, aunque a veces se quede en postulado teórico.
Un cordial saludo.