domingo, 29 de agosto de 2010

En el parque al fin.





Miraba distraído el pasar de gente en el paseo del parque, el sombrero en las manos, el bastón apoyado en el banco, mientras con un pie removía la arena bajo sus zapatos, una y otra vez. Sus ojos pardos encontraban a menudo un telón líquido que los separaba del mundo y que, también a menudo, acababa por despeñarse en forma de lágrimas inoportunas y sin sentimiento mejillas abajo; por eso nunca le faltaba, blanco y planchado, el pañuelo en el bolsillo. Una dentadura excesivamente perfecta había sustituído hacía mucho los que fueran sus dientes, vencidos por el tiempo y por la caries. Sus manos, antaño anchas, morenas y vigorosas, lucían un mapa impreciso de islas y archipiélagos hechos de manchas con variadas tonalidades entre el tostado y el marrón. Se diría que de su antiguo esqueleto y su musculatura habían extraído la fuerza que los sostenía y los alimentaba y ahora, sobre ellos, las ropas parecían no acabar de querer acomodarse a las formas, como si no se atrevieran a descansar su peso sobre tan endeble armadura.



Desde la residencia en la que dormía, comía y cenaba, aunque él no se atrevía nunca a decir que viviera, en el sentido auténtico del término, tardaba en llegar al parque escasos minutos caminando. Todas las tardes, a las cinco en punto, se acercaba hasta allí. Todas desde que ella enviudó.

A lo lejos, la figura de ella caminaba despacio, casi imperceptiblemente. Era tan menuda que, por el tamaño, era difícil valorar el avance, pensaba siempre él. Su pelo, gris plata, vaporoso y recogido atrás en un moño flojo, era lo primero que distinguía en particular. Sus pasos, cortos y a veces inseguros, la iban acercando poco a poco hasta ese banco en el que siempre se encontraban. Ella no usaba bastón y, aunque nunca se lo dijo, él pensaba que era más por coquetería que porque le resultara innecesario. Solía vestir faldas oscuras acompañadas de blusas claras, abotonadas hasta el cuello, y la rebeca nunca faltaba en su atuendo, a veces puesta, otras colocada sobre los hombros, y las más, doblada y colgando del brazo izquierdo. Sus manos huesudas tenían siempre un ligero temblor, lo mismo que la barbilla de él, pero a ella le parecía que en cambio su voluntad era maciza, inasequible al desaliento, perseverante y de una pieza. Ella sonreía con los ojos más que con los labios, y sabía también hablar con los primeros sin despegar los últimos. Olía a jabón de tocador y él juraría que jamás había sudado.




Cuando por fin alcanzaba el lugar donde esperaba él, iniciaban un lento paseo que les llevaba a otro banco, siempre el mismo, frente al estanque. Se sentaban, miraban las aguas que se reflejaban en sus ojos, también líquidos, escuchaban su chapoteo al caer desde el grifo central que la lanzaba a lo alto ingnorante de que tan continuo empeño no impediría jamás su caída. Hablaban a veces, con frases cortas y amables gestos. Normalmente callaban y sólo sentían la proximidad del otro, el tenue calor que sus cuerpos emanaban, e intentaban atrapar, en la corta hora que compartían, los días, los años que habían perdido antes, desde que ella decidió aceptar a otro por marido. Él nunca se lo había reprochado; se limitaba ahora a tomarle la mano marchita y a otorgar, en silencio, el perdón que los ojos de ella parecían solicitarle a diario.



2 comentarios:

Javier dijo...

Qué precioso relato, Zim. Cuántos recuerdos vividos por otros que somos nosotros, a la postre. Se empañan los ojos rememorando escenas que quizá nos toque vivir, que quizá hayamos ya vivido antes de la senectud...

Un abrazo.

zim dijo...

Me alegra que te lo parezca, Javier. Cada anciano es un tesoro ... aunque poco aparente. Me gusta entender que su herrumbroso aspecto oculta a menudo eficientes maquinarias de pensar y sentir, que también muy a menudo siguen en perfecto funcionamiento. Gracias por venir y por dejar tu huella. Abrazos también.