jueves, 30 de septiembre de 2010

Maleducados






La buena educación genera tensiones internas que deberían ser liberadas periódicamente. ¿Por qué no darnos el lujo, de vez en cuando, de ser unos auténticos maleducados con quienes lo son de continuo? ... por equilibrar los flujos, más que nada.




Una vez al mes, estaría bien administrarles un poco de su propia medicina en estos casos:

  • Cuando interrumpen conversaciones
  • Cuando fingen desconocer las fórmulas 'por favor' y 'gracias'
  • Cuando insisten en preguntar aunque contestes con evasivas
  • Cuando su curiosidad y su impertinencia rayan la marca olímpica
  • Cuando, al teléfono, preguntan quién eres antes de presentarse
  • Cuando no se apean del tuteo aunque les des tratamiento de ilustrísima
  • Cuando fingen viajar solos en el ascensor, en tu propia cara
  • Cuando, mudos, al salir te dejan aguantando la puerta y su perfume en las narices
  • Cuando se te pasan por delante en cualquier fila, así como descuidadamente
  • Cuando te arrebatan el hueco donde pensabas aparcar
  • Cuando ... (pueden ir añadiendo aquí alguna de las infinitas, burdas o muy rebuscadas variedades que tal especimen es capaz de ofrecernos)


Creo de verdad que el alivio tiene que ser importante. ¿Empezamos?


jueves, 23 de septiembre de 2010

¿Dentro lo mismo que fuera?




A veces pienso que algunos viven en una burbuja opaca, sordos y ciegos ante la realidad. De otro modo cuesta comprender algunas de sus posturas, muchos de sus comentarios y gran parte de sus decisiones.


A las aulas de quienes impartimos la enseñanza obligatoria llegan, cada vez más, alumnos cuyas familias (principalmente inmigrantes, pero no sólo) cargan en sus espaldas con lastres como el desempleo, el desarraigo, la desestructuración, ... firmes candidatas al estado de pobreza y de exclusión social.


Quizá estoy en babia, pero pienso que a esos alumnos, y sobre todo a sus familias, les debe sonar a música celestial que el profesor de turno les acucie para que compren los libros de texto imprescindibles para trabajar, los cuadernos y el material complementario indispensables para el quehacer diario, ... deben troncharse de risa pensando que nos parezcan tan importantes todos esos accesorios cada vez que se acuerden de que este mes no podrán pagar el alquiler, o de que sólo comerán legumbres y pollo, o de que vestirán ropa usada y calzado de plástico.


Me resulta de lo más cómico ver a alguno de mis colegas empleando el poco tiempo disponible y el mucho esfuerzo que a veces cuesta entendernos en idiomas distintos en tratar de hacer ver, a padres perdidos en un mundo extraño y hostil, agobiados por la necesidad y el miedo, heridos de ausencia y de soledad, que es de vital importancia adquirir los 'bienes' necesarios para que el proceso de enseñanza/aprendizaje pueda producirse.


A mí me desarma el desamparo, de cualquier tipo. Ante sus rostros inermes no acierto más que a repetir que no se preocupen demasiado, que nos ocuparemos nosotros en lo que podamos; sus intentos de excusar su situación me causan sonrojo y me obligan con ellos ... Al fin y al cabo, antes que ninguna otra cosa, esos niños y sus padres deberían más que aprender, constatar, que este entorno puede ser poco hostil, incluso amable.


Y es que siempre me puede el deseo de que en los centros educativos, a fuerza de leer y de dejar volar la imaginación, de escuchar música y percibir las emociones que despierta, de dibujar, escribir y crear, al margen y por encima de su mundo, de hacer ejercicio, bailar y jugar como si el olvido fuera posible, ... pudieran ver mitigadas las diferencias que les separan de quienes se encuentran en mejor situación, y sólo de ese modo alcanzasen la disposición de comenzar otros aprendizajes. Siempre me vence la creencia de que allí deberíamos ayudarles a olvidar lo grises y trabajosas que pueden ser algunas existencias, una vez se traspasa la verja que rodea el patio, porque de puertas adentro las cosas dependieran más bien de la voluntad y de la capacidad personal, ajenos al sistema, ajenos a la realidad ...


Sí, parece un contrasentido, pero no lo es: ser perfectamente conscientes de la realidad que hay fuera para poder, transgredirla, hacerle trampa y vencerla dentro.


La gente lo pasa mal, muy mal en el exterior. Estaría bien que al entrar no encontraran más de lo mismo.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Alegría.








Tener capacidad para la alegría y para una de sus expresiones, la risa, es uno de los mejores premios que nos puede tocar en el reparto aleatorio que parece acompañar nuestro nacimiento. No hay tanta gente en el caso, no se crean.


Está claro que no nos referimos a la gente de risa fácil y primaria; hablamos de un 'humor', de una forma de estar y de ser, de sentir y de entender, de algo que parece fluir desde muy adentro de esas personas, de la manera más natural y sencilla, y que impregna su existencia y la de quienes están cerca. Tener capacidad para la alegría implica poseer también un sinfín de potencialidades añadidas, positivas todas ellas, que facilitan la vida enormemente a quien la posee, pero también a quienes rodean al alegre individuo. Las personas alegres suelen ser positivas, proclives a ver la parte favorable de cada asunto, sociables y de trato fácil, confiadas y poco propensas a ver intenciones ocultas tras las realidades que contemplan; ser conscientes de sus limitaciones no les impide sentirse seguras de sí mismas en lo que se saben diestras y parece alejarlas de las obsesiones y del victimismo, ... Suelen ser incluso más bellas, porque esbozan por costumbre sonrisas que iluminan sus rasgos, y les quitan dureza, devolviéndoles un punto de infancia a las facciones. Además, para colmar la copa, parecen moverse con más elasticidad y su lenguaje corporal expresa apertura, dinamismo, cercanía, cordialidad ...
Las personas alegres aderezan montones de momentos, dulces y amargos, con unas pizcas de humor, o de ironía, que les hace irresistibles, sin que por ello pequen de ingenuas, inconscientes o superficiales -necesariamente-.

Pues eso, que viva la gente alegre ... y que viva cerca de mí, por favor.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Hasta para nacer hay que tener suerte.




Cada día tengo más conciencia de lo absolutamente determinados que estamos en casi todo, del estrecho arcén y los pocos cruces o desvios que tiene la carretera en la que un día, sin comerlo ni beberlo, nos depositan y en la que nos vemos obligados a avanzar, unas veces a paso ligero e ilusionado, otras a rastras y sin aliento; desconociendo si encontraremos en ella gasolineras en que abastecer nuestros depósitos cuando se encienda la luz de la reserva, ignorando si habrá alguna área de descanso que nos permita abandonar, siquiera un momento, tan afanosa carrera, desprovistos de cualquier información sobre los paisajes que atravesará, sobre el tráfico y, sobre todo, sobre el propio destino de tan forzoso como esforzado viaje.


Hasta para nacer hay que tener suerte. Lo veo a diario, más por desgracia que por suerte, en mi profesión. Cada curso aparecen familias nuevas por el centro, cargadas con las señas administrativas que resumen la existencia de sus hijos, un libro de familia, unas fotos, un documento de identificación ... y nos las dejan en custodia, presas en una carpeta que seguirá almacenando más datos, esta vez académicos, de esos seres en principio desconocidos que irán dejando de serlo según la carpeta engorde. Es inevitable hacerse una idea, trazar un boceto de cómo será quien está por llegar a la vista de los emisarios. Acepto que no es necesario, quizá no es ni conveniente, pero es inevitable. Y cada curso, con pocas excepciones a la regla, cuentas los bingos por manojos. Estaba cantado.


¡Demonios! ¡Qué poco margen se tiene cuando te ponen en carretera con el peor de los coches, sin gasolina, y con los neumáticos hechos jirones! ¿Cuántas posibilidades se tiene, reales, de cambiarlo por otro decente durante la travesía? ¿Podemos aspirar quienes, como los guardias, estamos en los primeros kilómetros de esa carretera para ordenar el tráfico y ayudar en lo que se tercie, a hacer algo que no sea, al fin, un trabajo de chapa y pintura?


Sentados en sus pupitres comienzan la carrera el mismo día. Eso es lo único que les iguala auque ellos aún no lo sepan.


Y luego diremos que la carrera fue justa.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

¿Solos ?




Empieza la mañana y miles (¿millones?) de personas abrirán esta ventana virtual quizá incluso antes que la que permitiría ventilar sus domitorios. Anoche esos u otros miles (¿millones?) la cerraron con el mismo gesto que hubieran empleado en cerrar la puerta del dormitorio de sus hijos, después de desearles buenas noches.


Para todas esas personas (miles o millones) esta pantalla plana es receptáculo de las palabras, los gestos, las sonrisas, las lágrimas, las caricias, las confesiones, que hace unos años sólo recibían personas de carne y hueso, cuando estaban a mano, o al otro lado del teléfono, o allí donde pudiera llegar una carta.


Me pregunto si esas personas (miles o millones) han perdido a la concreta cantidad de seres reales, cuyas caras y piel conocían, cuya presencia a menudo disfrutaban, y la han sustituido por aquellos otros, 'desconocidos', que se encuentran tras esta pantalla plana, o bien han engrosado la inicial cantidad y añadido todos estos a su bagaje primero.


¿Estamos más solos, más distantes de quienes realmente tenemos cerca, y por eso buscamos más lejos, o es que ahora podemos jugar a más bandas?


Supongo que cada uno lo sabe.