sábado, 11 de septiembre de 2010

Hasta para nacer hay que tener suerte.




Cada día tengo más conciencia de lo absolutamente determinados que estamos en casi todo, del estrecho arcén y los pocos cruces o desvios que tiene la carretera en la que un día, sin comerlo ni beberlo, nos depositan y en la que nos vemos obligados a avanzar, unas veces a paso ligero e ilusionado, otras a rastras y sin aliento; desconociendo si encontraremos en ella gasolineras en que abastecer nuestros depósitos cuando se encienda la luz de la reserva, ignorando si habrá alguna área de descanso que nos permita abandonar, siquiera un momento, tan afanosa carrera, desprovistos de cualquier información sobre los paisajes que atravesará, sobre el tráfico y, sobre todo, sobre el propio destino de tan forzoso como esforzado viaje.


Hasta para nacer hay que tener suerte. Lo veo a diario, más por desgracia que por suerte, en mi profesión. Cada curso aparecen familias nuevas por el centro, cargadas con las señas administrativas que resumen la existencia de sus hijos, un libro de familia, unas fotos, un documento de identificación ... y nos las dejan en custodia, presas en una carpeta que seguirá almacenando más datos, esta vez académicos, de esos seres en principio desconocidos que irán dejando de serlo según la carpeta engorde. Es inevitable hacerse una idea, trazar un boceto de cómo será quien está por llegar a la vista de los emisarios. Acepto que no es necesario, quizá no es ni conveniente, pero es inevitable. Y cada curso, con pocas excepciones a la regla, cuentas los bingos por manojos. Estaba cantado.


¡Demonios! ¡Qué poco margen se tiene cuando te ponen en carretera con el peor de los coches, sin gasolina, y con los neumáticos hechos jirones! ¿Cuántas posibilidades se tiene, reales, de cambiarlo por otro decente durante la travesía? ¿Podemos aspirar quienes, como los guardias, estamos en los primeros kilómetros de esa carretera para ordenar el tráfico y ayudar en lo que se tercie, a hacer algo que no sea, al fin, un trabajo de chapa y pintura?


Sentados en sus pupitres comienzan la carrera el mismo día. Eso es lo único que les iguala auque ellos aún no lo sepan.


Y luego diremos que la carrera fue justa.

4 comentarios:

Javier dijo...

Es injusto que los que nos llamamos pomposamente "seres humanos" sigamos consintiendo tamañas desigualdades. No creo ni siquiera que sentados el primer día en sus pupitres sean iguales estos alevines. Sus orígenes, ese nacimiento del que hablas, los diferencia, y aunque pueda parecer que cuentan con las mismas oportunidades, es mentira.

Ya están prediseñadas, al igual que el mapa genético individual, sus diferencias sociales, económicas y culturales marca de la casa, de la mayoría, claro, porque siempre habrá unos pocos que hagan buena la regla.

Más que darles "igualdad" educativa habría que procurar establecer igualdad social, es decir, que todo individuo tuviera cubiertas sus necesidades básicas, y sólo pudieran diferenciarse, algo por demás lícito y deseable, por sus ideas, pues cada uno debe tener las suyas, ¿no te parece, Zim?

Un abrazo.

zim dijo...

Claro, Javier, la cobertura de las necesidades básicas es el punto de partida ... pero incluso traspasando ese umbral, hay tantas otras diferencias entre unas casas y otras, la sensibilidad y el modo de entender la vida, la tolerancia y el respeto a la diferencia, la inquietud cultural y artística ... condicionarán inevitablemente la ruta emprendida por el 'infante' y le harán transitar de determinada forma por ella.

La diferencia existe, es inevitable que exista. Digo que hay que tener suerte al nacer, porque incluso la ideología, que es lícito y deseable que sea propia, es muy posible que se vea marcada por ese primer hecho aleatorio: nací aquí, o nací allí.

Muchas gracias por tu visita y tus palabras.

Joselu dijo...

Quiero apostar por una visión más optimista. Pienso que queda un margen para la libertad. Y ese margen viene marcado por el espíritu individual. Son iguales en sus pupitres aunque sus familias son diferentes y sus circunstancias sociales muchas veces son adversas por completo. Pero eso no determina, condiciona sí, pero no imposibilita. Pienso que es el ánimo personal, la curiosidad, el interés, la capacidad de esfuerzo, el no doblegarse ante la adversidad, entre otras muchas cosas, las que hacen que alguien trace su camino personal. Claro que influye la suerte, y claro que hay los que lo tienen más difícil. Pero rendirse de alguna manera a eso es hundirse en un fatalismo que no me gusta. Nunca ha habido mayor cobertura social ni escuela para todos como la que hay ahora. Mis alumnos tendrán pecés y pizarra digital y son la mayoría marroquíes y latinoamericanos, además de algún español con dificultades en el aprendizaje. ¿Lo aprovecharán? ¿O lo dejarán pasar? Este espíritu es el que hay que proyectar en ellos, y ellos harán lo que estimen conveniente, pero no necesariamente habrán de pasar una factura moral a la sociedad.

Un cordial saludo.

zim dijo...

Tienes razón, Joselu, en que debe proyectarse en ellos el espíritu que refieres; tienes razón también en que salirse de la vía es posible, por la propia curiosidad y el esfuerzo personal, por la cobertura social y educativa que se ofrece ... pero las posibilidades son enormemente más reducidas para unos que para otros.

No pretendo caer en fatalismos ni argumentar que nada es posible, que deben rendirse a su 'destino'; sólo poner sobre la mesa una realidad que vengo constatando año tras año: conozco algunos casos que llegan a la 'meta' partiendo de condiciones muy adversas, pero en esos casos la familia valoraba y potenciaba el esfuerzo en el camino de la formación, aunque careciera de ella y de medios.

Tampoco se trata de facturas morales. Uno nace donde nace, como puede nacer con cualquier problema físico o sin él, aleatoriamente, y en unos casos se tiene una suerte infinitamente mejor que en otros.

Gracias por venir y por aportar tu punto de vista. Cordiales saludos también para tí.