domingo, 17 de octubre de 2010

A la derecha del Padre



En la cama del hospital apura las horas de una agonía que dura escasamente cuatro días. Unas plantas más arriba, su sobrina revienta de vida y alumbra un nuevo ser que se aferra, con toda la fuerza de que es capaz, a los pechos de su madre. En la silla, al lado de su cama, su padre, un anciano de más de ochenta años, espera impotente que la muerte confunda al final el sujeto a quien debe abrazar, y se decida por él.


Jóvenes que alumbran, adultos que mueren, ancianos que sobreviven y esperan más allá de su voluntad ... el hospital es de repente un microcosmos atolondrado, sin más sentido que el que asiste al mundo exterior, una torre de Babel en la que nada se entiende pero que acoge momentos reconcentrados, expresiones depuradas de la vida y la muerte, del sufriento y la dicha.


Y llegado este punto piensa qué ha habido de importante en la vida, qué ha sido LO importante al final, qué habrá que pueda llevarse, qué lo tranquilizará en el último momento y lo acompañará, que evitará la desesperación y la angustia tanto como la presencia de sus seres queridos, tanto como la certeza de haber sido amado y de amar; qué es lo único que ha estado a su alcance perseguir a diario, encontrar a diario, por si este momento se presentaba de improviso, sin llamar ni avisar, sin ser invitado ni tampoco esperado. Y le parece que la respuesta es la conciencia; limpia, sin saldos pendientes, capaz de mirarse en ella como en un espejo y querer lo que ve; quererse y respetarse a sí mismo tanto como le han podido amar quienes le hubieran querido igual aunque hubiese tenido bastantes más imperfecciones. Ese haber sido lo que debía, ante sus propios ojos, los suyos, único juez a quien no le era dado engañar, se erigía ahora como el prometido premio de ocupar un lugar 'a la derecha del Padre'; sí, estaba a la derecha, a su propia derecha, ya que él era el juez. Quizá no podía quejarse al fin.


4 comentarios:

Miguel dijo...

Es en ese momento final de la vida cunado se nos acumulan nuestros pensamientos. Al menos, creo que debe de ser así. Y yo pienso que a lo mejor cada cual será su propio juez.

Un saludo

zim dijo...

Gracias, Miguel, por la visita y el comentario. Mi deseo es que tardes mucho en averiguarlo (y que tampoco seas testigo de cómo lo averiguan los demás).
Un cordial saludo.

Javier dijo...

Desgraciadamente son vivencias que tengo tan cerca que aún duelen. No creo que la cercanía de la muerte sea acicate para hacer balance. Hay quienes lo hacen constantemente, y en ese sentido puede que estén casi de manera permanente al borde de la muerte, si es que ambas cosas van, o deban ir, unidas.

De todas formas, como tantas cosas, el fin del tiempo concedido es tan personal como cualquier otro aspecto de nuestra vida, y como tal, debería vivirse (o morirse) hacia adentro, privada, calladamente, sin ostentación...

Bello alegato, Zim, aunque no sepa muy ciertamente si de la vida o de la muerte.

Un abrazo.

zim dijo...

Puede que ver muy cerca el final no incite a hacer balance, sino a tratar de encontrarle a toda costa algún sentido a lo que ya se ha caminado. Me planteaba si la tranquilidad de conciencia y la autoestima serían suficientes en esos momentos, si infundirían sosiego y conformidad ...
En cuanto a lo de verter hacia adentro el instante, tampoco tengo muy claro cuál será el deseo de cada quien, si la soledad y el silencio o la compañía y la comunicación, que no ostentación..
Por último, decir que quienes no podemos aferrarnos al más allá, quienes carecemos de la certeza de que algo o alguien nos espere, quienes contamos sólo con este minúsculo suspiro que es venir aquí e irnos al poco rato, estamos como permanentemente obligados a andar encontrando sentido y valor a algo que, aparentemente, es en exceso fugaz.
El alegato, siempre por la vida; pero la vida es hilo que va siempre atado a la muerte.
Un abrazo Javier.