sábado, 6 de noviembre de 2010

Dichoso baile



Yo, que quisiera cuidarlo, que en tanto aprecio lo tengo, al parecer lo maltrato.


Como la casa de M. Hernández, lo abrumo, cargándolo con 'las grandes pasiones y desgracias' quizá porque no sé desviar nada por otros senderos biológicos y cuanto me ocurre, como el fuego de M. Hernández también, corre 'dientes abajo, buscando el centro'.


Me olvido que tiene una misión a perpetuidad que debe cumplir escrupulosamente, cada segundo de la vida, obligado a bailar sin descanso (baile maldito), pero a un ritmo regular y a ser posible pausado. Olvido que esos pasos de baile debe darlos cargado con todo lo que le envío ... y él pierde el ritmo, a veces parece dispuesto a abandonar la pista, o se acelera creyendo que lo que suena es foxtrot y no vals.


Y por perpetrar tan largos olvidos, me toca después la penitencia de tenerlo siempre presente, presente cada segundo, consciente de cada paso de su danza aunque no quiera, esclava de sus movimientos, espectadora forzada de un baile que temo alterar con ideas o sentimientos inoportunos ... Y por apreciarlo tanto y por apreciar la vida que él me debe conceder ... resulta que esto no es vida, señores.