sábado, 19 de marzo de 2011

A mi padre





... que aunque no esté ya, sigue llenando mi memoria de instantáneas que en lugar de ajarse con el tiempo, parecen detenidas y lustrosas. A mi padre, cuya ausencia arrastró consigo la mitad de su recuerdo, dejándome solo la otra mitad a la que Serrat se refiere en su canción, en la que no cabe más que lo digno de ser recordado. A mi padre, que aró la tierra y condujo autobuses y tranvías con el mismo afán de excelencia que pone un cirujano en su labor componedora. A mi padre, que en su humildad y su grandeza solo pudo enseñarme, con el ejemplo, el valor de la honestidad, el fruto del trabajo y la entereza y, sobre todas las cosas, el poder de la alegría. A mi padre, que se arrancaba a cantar con la más pequeña excusa y que bailó hasta gastar las suelas de sus zapatos. A mi padre, que cuando cobraba en sobre su nómina nos hacía con los billetes un camino en el suelo para que los contáramos y festejáramos que alguna vez era más largo. A mi padre, robusto y saludable; a mi padre, enfermo y frágil al fin. A su agonía, a su dolor, a su último suspiro, que aún escucho. A su sonrisa, a sus fuertes manos, a sus 'bíceps crecedores' que tanto nos maravillaban; a sus clases de pasodoble en el salón, al amor que le unía a mi madre y al que le unía a su tierra... a su capacidad de disfrute, a la conformidad y satisfacción con que siempre contempló su propia vida. A mi padre y al orgullo con que siempre me declaré hija suya. Al tiempo infinito de inútil penuria que tardó la muerte en arrebatarlo ... tanto penar para morirse uno.