sábado, 19 de marzo de 2011

A mi padre





... que aunque no esté ya, sigue llenando mi memoria de instantáneas que en lugar de ajarse con el tiempo, parecen detenidas y lustrosas. A mi padre, cuya ausencia arrastró consigo la mitad de su recuerdo, dejándome solo la otra mitad a la que Serrat se refiere en su canción, en la que no cabe más que lo digno de ser recordado. A mi padre, que aró la tierra y condujo autobuses y tranvías con el mismo afán de excelencia que pone un cirujano en su labor componedora. A mi padre, que en su humildad y su grandeza solo pudo enseñarme, con el ejemplo, el valor de la honestidad, el fruto del trabajo y la entereza y, sobre todas las cosas, el poder de la alegría. A mi padre, que se arrancaba a cantar con la más pequeña excusa y que bailó hasta gastar las suelas de sus zapatos. A mi padre, que cuando cobraba en sobre su nómina nos hacía con los billetes un camino en el suelo para que los contáramos y festejáramos que alguna vez era más largo. A mi padre, robusto y saludable; a mi padre, enfermo y frágil al fin. A su agonía, a su dolor, a su último suspiro, que aún escucho. A su sonrisa, a sus fuertes manos, a sus 'bíceps crecedores' que tanto nos maravillaban; a sus clases de pasodoble en el salón, al amor que le unía a mi madre y al que le unía a su tierra... a su capacidad de disfrute, a la conformidad y satisfacción con que siempre contempló su propia vida. A mi padre y al orgullo con que siempre me declaré hija suya. Al tiempo infinito de inútil penuria que tardó la muerte en arrebatarlo ... tanto penar para morirse uno.

4 comentarios:

Luis Valdesueiro dijo...

Emotivo y recio homenaje.
Saludos.

Javier dijo...

Hubo un tiempo en que la tristeza era perenne, era mi forma de ser en el mundo. Después, el dolor suplantó a la pena, y se hizo tan grande que lo ocupó todo, las horas, los días y las estaciones... Ahora, la pena va y viene al compás de los recuerdos, y rara vez aparece el dolor.

Nada como la pena para hacernos sentir vivos de nuevo, para renacer otra vez con nuevos bríos, hasta que otra pena nos marchite... El recuerdo del ser más querido combina en uno pena, dolor y llanto, pero al mismo tiempo trae a la frente la distensión del gozo que ilumina nuestos ojos cuando recordamos, como tú, Zim, haces ahora.

Un muy fuerte abrazo.

Miguel dijo...

Me ha encantado este homenaje a tu padre. Se nota en las letras y palabras que forman estas frases que tu padre significó mucho para ti.

Saludos.

zim dijo...

Gracias, Luis, por pasarte y por comentar.

Gracias, Javier, por tu sentido abrazo. Muy cierto lo que dices: no hay pena ni dolor, sino gozo. Toda la pena y el dolor se gastaron en el tiempo en que la muerte jugó al escondite con él, dejando a veces que creyéramos, que creyera, que podría ganarle la partida; cansándole y cansándonos en una larguísima partida que, de entrada, estaba perdida. Ojalá todo se hubiera reducido a un manotazo duro, un golpe helado ... un rayo instantáneo y certero. No quedaron más lágrimas, se agotó el dolor y la pena se consumió a sí misma en ese proceso, dejando paso, por fin, sólo al disfrute de su recuerdo. Hace tres años ya; espero no olvidarme de nada aunque los años vayan acumulándose.

Gracias, Miguel ... para todos, supongo, significan algo importante. Triste que así no sea. Un abrazo.